Artículo completo sobre Coz, Alpedriz y Montes: trigo, olivos y piedra viva
Pueblos de Alcobaça donde el aceite centenario sabe a monjes y la sierra marca el cielo
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El roce de las palas de madera contra el trigo seco retumba todavía como un tenedor en el fondo de la cazuela. En Coz, Alpedriz y Montes, el paisaje es un colcha de retales: olivares que parecen alfombras de cocina desvaídas, huertos como manteles a cuadros y vegas que el río Alcobaça va limpiando como quien pasa la esponja por la barra del bar. A 109 metros de altitud, el horizonte se ondula como una sábana mal estirada entre el verde de los campos y el perfil calcáreo de las Sierras de Aire y Candeeiros: una frontera donde la tierra buena se acaba y empieza la piedra, como cuando se termina el pan y solo quedan migajas.
La huella de los monjes
Durante siglos, estas tres aldeas fueron el granero del Monasterio de Alcobaça: aquí venían los monjes a buscar lo que les llenaba el estómago. Coz —nombre que viene del latín cautes, «tierra que parte la azada»— creció alrededor del trigo, mientras Alpedriz se metió entre olivos como quien se mete en un buen matrimonio: hace más de quinientos años y aún no se ha divorciado. La iglesia matriz de Coz, del siglo XVI, está en mitad de la aldea como un abuelo en el centro de la mesa: con manieristas y barrocos que no siempre pegan, pero son familia. En Alpedriz, la iglesia de São Pedro guarda un retablo dorado que por las tardes parece una cuenta bancaria devengando intereses cuando el sol da en los vidrieros. Montes, la más pequeña, se ha quedado como una prenda de ropa vieja: desgastada, pero nuestra.
Olivos que han visto más reinados que nosotros
Los olivares centenarios de Alpedriz son como una tertulia de veteranos: troncos retorcidos, cortezas agrietadas, cada uno con su historia de tormenta y sequía. Entre septiembre y diciembre, las quintas abren sus puertas para catas de aceite DOP: un líquido que sabe a hierba cortada la víspera y a almendra tostada en horno de leña. En los huertos, la Manzana de Alcobaça y la Pera Rocha maduran bajo el verano como críos esperando al bautizo para ir a la mesa. Algunas fincas permiten recolectar: metes la mano como quien coge un pimiento del cesto, pero sin romper la rama; si no, sermón de la dueña como el de la vecina.
Senderos entre tres tiempos
El Sendero de los Molinos une cuatro ruinas de piedra donde el viento del Atlántico movía las muelas como quien bate la nata con la batidora de la abuela. Son doce kilómetros que te llevan de cafetería en cafetería: pasas puentes medievales de arco, fuentes de baño cubiertas de musgo como barba de viejo y muros de pizarra que se sostienen por tradición más que por cemento. Junto a la junta parroquial hay un hórreo del siglo XVIII, el más entero del municipio: en pie sobre pilares de granito, como una mesa puesta para que los ratones no lleguen al maíz. En el extremo norte, el territorio topa con el Parque Natural de las Sierras de Aire y Candeeiros: piedra en bruto, lapiaz que parecen andamios caídos y aguilas perdiceras que sobrevuelan el lugar como guardias de gasolina mirando si el combustible está caro.
Sabores de cazuela y horno
La sopa de verdolaga con huevos escalfados es como abrazar a la abuela: verde, caliente, sin trucos. El estofado de cordero y el cocido portugués todavía giran en las mesas del domingo, sobre todo cuando el hijo viene de Lisboa y la madre quiere demostrar que no ha perdido la mano. En las fiestas de los santos —São Sebastião en enero, São Pedro a finales de junio, Nuestra Señora de la Concepción en agosto— hay procesiones, misas campestres y verbenas donde la sopa de la olla circula en cuencos de barro, caldo espeso que se agarra al diente como conversación de tasca. Los bolinhos de Coz y el toucinho-do-céu de Alpedriz son azúcar y yema en el equilibrio exacto de quien cuenta las monedas a final de mes; sobrevivieron a las órdenes religiosas como sobreviven los botones de tienda cerrada. La ginja de Óbidos y Alcobaça IGP acompaña quesos de cabra y miel de las sierras vecinas, combinación que hace olvidar el tráfico de la A-8.
La noche del 23 al 24 de junio, en Montes, troncos de alcornoque arden frente a la iglesia: el fuego de São João que ilumina caras ya medio marcadas por la fatiga de las viñas. Las llamas estallan como paraguas al viento, el olor a resina quemada se queda en la ropa como perfume de fiesta, y el calor ahuyenta la humedad de la noche: recuerdo que no cabe en fotografía, solo en la piel.