Artículo completo sobre Santa Catarina: silencio de olivares y hornos de leña
Entre Caldas y Alcobaña, un pueblo donde la brisa huele a manzana y el cabrito cruje
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El olor a leña sube por la ladera al caer la tarde, mezclado con el aroma dulzón de los pomares que se extienden por los campos. Santa Catarina se alza a ciento treinta y cinco metros de altitud, lo justo para que la mirada alcance la ondulación suave de los olivares y las viñas que dibujan el paisaje del Oeste. Aquí el silencio no es vacío: tiene la densidad del viento que recorre los caminos rurales y el murmullo lejano de las hojas en los arbolados.
Raíces medievales, diario rural
La parroquia debe su nombre a Santa Catalina de Alejandría, advocación que la devoción medieval extendió por estas tierras desde el siglo XVI. La iglesia parroquial, con su fachada desprovista de ornamentos, guarda en el interior la luminosidad de los azulejos y el brillo contenido de la talla dorada. No hay grandiosidad arquitectónica, sí proporción: la medida exacta de una comunidad que levantó su espacio sagrado sin prisas. Por el territorio, cruceiros y capillas salpican los caminos, marcas mudas de promesas antiguas y de una fe que se expresa en la caliza de la zona.
Su situación entre Caldas da Rainha y Alcobaça convirtió esta tierra en lugar de paso y de asentamiento. Los suelos fértiles del Oeste permitieron que la agricultura se convirtiera en la columna vertebral de la economía local, tradición que persiste en los campos labrados y en los pomares que aún producen la Manzana de Alcobaça y la Pera Rocha del Oeste, frutas con denominación de origen protegida que concentran el sabor específico de este territorio.
A la mesa, horno y cazuela
La gastronomía de Santa Catarina tiene la honestidad de las recetas que no mienten sobre su origen. El cabrito asado en horno de leña llega a la mesa con la piel crujiente y la carne que se deshace al toque del tenedor: el mismo horno donde la vecina Ana hornea el pan los viernes, dejándolo levar toda la noche en el cubo de madera que heredó de su madre. El conejo a la cazadora repite gestos antiguos, cocinado a fuego lento con tomate del huerto y olor a perejil que se corta junto a la puerta.
En los cafés, los pasteles de nata aún llevan la costra tostada de quien no tiene prisa: se comen con azúcar por encima, como se hacía antes. La ginja de Óbidos aparece en copas pequeñas al final de la comida, servida por Laurinda que guarda la botella detrás de la barra para quien pregunta con ganas.
Senderos que atraviesan el Geoparque
La senda que sube al Carrascal pasa por el muro donde don Antonio deja las granadas los fines de semana: quien pasa coge dos, deja cincuenta céntimos en el vaso de yogur. La tierra roja se adhiere a las botas y el olor a jara impregna la ropa durante días. En el mirador improvisado —solo se sabe dónde está porque Rui del café dijo «cuando vea el alcornoque partido, suba por el atajo»— la vista se abre hasta el mar, cuando el viento trae la sal.
El Camino de Santiago de la Costa cruza la carretera nacional, pero antes pasa por la quinta donde doña Rosa colgó la sábana blanca la mañana que nació el nieto: aún está ahí, morada del tiempo, ondeando como bandera.
Vivir entre la tierra y la cercanía
Son poco más de dos mil los que se quedan en invierno. Cuando cae la noche, las luces se encienden en cadena: primero la de don Joaquim, que cierra el portal a las siete en punto; luego la de Celeste, que solo enciende la mitad porque la otra se fundió. La carretera que sube a la iglesia tiene un bache en el mismo sitio desde hace tres años: todos saben desviarse, los forasteros aprenden a las bravas.
Hay quien llega de fuera, sí. Compraron la casa del olivo centenario, pusieron ventanas grandes y ahora hacen yoga en la terraza. Pero también llevaron el pan de Ana el primer día y preguntaron cómo se hacía el abono para las rosas. La cercanía a Caldas es práctica: permite ir al hospital, al cine, a la papelería que aún vende tinta para escribir. Pero aquí el reloj marca el tiempo de las nísperas: cuando se tornan amarillas, toca cogerlas antes que los pájaros.
Al crepúsculo, el humo de las chimeneas dibuja líneas verticales contra el cielo anaranjado. El olor a leña quema en la garganta de quien pasa: es José encendiendo la estufa, como hacía su padre, como hará su hijo cuando él se canse.