Artículo completo sobre Tornada y Salir: entre garzas blancas y dunas calientes
Pasea el paul de Caldas da Rainha, prueba anguila fresca y sube la duna de Salir do Porto.
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La brisa matutina huele a sal y a fango tibio. En los carrizales del paul de Tornada, las garzas se alzan despacio, tan blancas que duelen los ojos, mientras el río hace glu-glu entre los juncos. A las siete y media, don Joaquín cruza el puente empujando la bicicleta; los espárragos que lleva en la cesta aún gotean agua del barco. Al otro lado, la duna de Salir do Porto ya se calienta —treinta minutos de caminata sobre arena suelta que se cuela entre los dedos y luego se va con la marea.
Entre el paul y el océano
El sendero del paul no mide dos kilómetros y medio; mide el tiempo que cada uno tarda en encontrar al sapito-leopardo escondido bajo la hoja de nenúfar. Por la tarde, el olor al azufre se mezcla con el del eucalipto quemado en el platillo de José Manel, que viene desde São Martinho a pescar anguilas con su nieto. El agua dulce encuentra la salada en un chasquido que se oye antes que verse: es la barra abriéndose, dejando entrar el primer golfo de marea que sopla el aroma a algas dentro de la ría.
La memoria de las carabelas
En la Aduana ya no quedan paredes —solo una piedra con una muesca para amarrar barcos y, al lado, una higuera que nació en mitad del suelo apisonado. Dice doña Lurdes que aquí se cortó madera para un barco del hijo del vecino, pero nadie sabe si partió hacia Marruecos o si quedó encallado en la arena. El puente sobre el Tornada es más estrecho de lo que parece: cuando pasa la furgoneta del pan, los viandantes se pegan al pretil y notan el olor a levadura recién hecha que llega del horno de Benedita, a cinco kilómetros.
Ginja, anguilas y pera rocha
La anguila ha de ser del día, si no sabe a barro. José Manel enseña: se corta aún viva, se sala, se deja sangrar, después va a la cazuela con ajo apretado y un ramo de cilantro del huerto. Mientras hierve, la vecina baja con una bolsa de pera rocha calibre 10 —las que no sirven para vender van al dulce, las que cayeron al suelo sirven para la compota. En la romería de diciembre la peña come sopa de nabo de pie, con la boca quemándole y las manos humeando, porque las mesas de plástico están llenas y el cáliz de ginja cuesta un euro en la carpa de Ana, que calienta los vasos en un cubo antes de servir.
Línea del Oeste, línea del tiempo
El tren de las 17:42 a Óbidos tarda quince minutos en salir de la estación: primero el maquinista saluda a don Antonio, luego se para para dejar pasar a la perra de Amelia, y por fin arranca con un chillido que asusta a las golondrinas. Dentro huele a jacarandá seco y a aguardiente de higo derramado en el suelo. Al tomar la curva se ve la duna marcada con huellas de niños que hoy la marea no borrará —son los colegios del pueblo, que vinieron en autocar a hacer el recorrido «río-duna-playa» antes de que acabara el curso.
La última luz tiñe el paul de color miel. En el mirador de la Capilla de Santa Ana, el viento trae olor a romero y a carbón de la barbacoa de Nuno, que ha venido desde Lisboa para el fin de semana. A lo lejos, el silbato del tren de las 19:30 corta el silencio como una tijera de papel: breve, agudo, ya desvaneciéndose.