Artículo completo sobre Moita: la cruz del 1628 que marca el tiempo de los higueras
Pueblo sin prisas donde la iglesia de Santiago mide los días con sombras de frutales
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La cruz de piedra que no sabe que es del 1628
La cruz de piedra lleva ahí desde 1628, pero no adopta aires de monumento. Es simplemente la piedra donde posan las palomas y donde los chavales dejan la pelota el domingo, mientras las madres discuten el precio de la bombona de butano. La iglesia de Santiago, toda enjalbegada de blanco, está justo al lado y, si el sol da de lleno en el filo de la torre, se ve el hueco de la puerta temblar como un espejo de agua. La campana marca las horas, pero nadie las cuenta; aquí el día se mide más por las sombras de los higueras del patio que por Vodafone.
De San Cucufate a Santiago
Antes se llamaba San Cucufate, nombre imposible de explicar a los críos del colegio. Pasó a Santiago, pero la gente sigue diciendo «voy a la iglesia» y ya está. Dentro, la penumbra huele a cera y a ropa guardada en el armario de madera. Las imágenes —Santiago, San Martín, San Antonio, San Vicente— llegaron de rebote de otras iglesias que se derrumbaron o de promesas cumplidas. El púlpito de 1697 sigue en uso; el cura sube los peldaños con cautela, como quien se encarama a un taburete para cambiar la bombilla de la cocina.
Casa de los Carvalhais y memoria señorial
En la Canada dos Carvalhais hay una casa grande sin placa. El portón está entornado, las persianas descascarilladas y un gato atigrado duerme en el escalón como si pagara alquiler. Cuentan que los dueños se marcharon a Lisboa hace dos generaciones y que los herederos solo vienen en verano a recoger la aceituna y cuadrar cuentas. La arquitectura es «señorial» en los libros; en la vida, un tejado que gotea y un pozo sin tapa. Sirve, eso sí, para que los chicos jueguen a las escondidas y para que los nietos de los caseros expliquen a los amigos: «Aquella era de los que mandaban.»
Entre la manzana de Alcobaça y la pera Rocha
No hay fiesta de la manzana ni concurso de peras. Los pomares se extienden junto a la carretera y, si paras el coche, un agricultor te dice enseguida que este año «la Rocha está buenísima, pero el precio es una miseria». Las parcelas son pequeñas, muchas aún con riego por surcos, y el único color extra es el plástico de los túneles de ciruela negra que han aparecido ahora. Quien quiera comprar fruta directa debe saber que don Arturo solo está en la quinta hasta las once; luego se va al bar a jugar a la sueca.
En la ruta de la peregrinación
El Camino de Santiago pasa por aquí, pero ni las gallinas se inmutan. Hay unas flechas amarillas desvaídas en la pared del cementerio y una señal de madera que indica «Albergue 2 km», solo que el albergue es una habitación con dos literas detrás de la pastelería. Los peregrinos huelen a mochila mojada y piden agua en la bomba; se les ofrece un café y una tostada mixta enseguida, porque «también anduve yo y sé lo que cuesta». Nadie les cuenta leyendas; se dice «buen camino» y se espera a que la rodilla aguante hasta la siguiente aldea.
Cuando se pone el sol, la cruz se recorta negro contra el cielo. Los niños recogen, el perro de José olisquea los charcos de riego y el atrio vuelve a ser solo empedrado y silencio. Moita no pide visitas guiadas ni selfies; si alguien para, basta con que note que la piedra está fría, que la pared de la iglesia se inclina como quien se cansó tras cuatro siglos, y que, al fin y al cabo, esto sigue siendo un sitio donde se vive —no una postal.