Artículo completo sobre Vau: el pueblo donde la marisma huele a melón y a mar
Entre la laguna de Óbidos y la huerta, Vau guarda pescadores, perales y un mercado que huele a sal
Ocultar artículo Leer artículo completo
La brisa trae el sabor salado que hace un instante rompía en espuma en la Praia do Bom Sucesso. Al cruzar la Rua da Igreja se nota en los labios antes de ver el mar. Allí, junto al cementerio donde las campanas llevan nombres de gente que no conoció otro oficio que el de la tierra y la red, las perales de la Gracia florecen a mediados de marzo: primero las blancas, después las rojas, tan perfumadas que los mayores dicen «da hasta marear».
Vau no es solo llanura. Tiene un pequeño desnivel junto a la antigua escuela: se suben unos metros y, de pronto, la laguna aparece entera, oval como una cuenca de barro, con las barcas de mariscadores quietas a marea baja. La carretera municipal 114 serpentea entre muros de piedra donde aún se lee «Hay melones» borrado por lluvias de tres inviernos. Ningún turista lo mira, pero ahí es donde José Molinero vendía melones de su huerta hasta hace poco: paraba a quien paraba, cortaba en el momento, añadía azúcar si la fruta estaba verde.
La laguna que engaña
Quien no la conoce cree que se puede cruzar a pie. Se equivoca. El fondo es un banco de arena movediza; ayer había un paso, mañana puede no estar. Por eso los pescadores —y son pocos, quizá una docena— llevan dos páreas: una para sondear, otra para desencallar cuando el barro aprieta. En la marea baja de enero, si el cielo está limpio, se distinguen las marismas de Fonte da Bica como un cuenco de esmeralda roto. En la pleamar de octubre, el agua llega hasta los juncos de las cabañas de paja donde se vendían percebes hace veinte años. Hoy solo quedan ruinas que huelen a alga seca.
Qué se come (y cuándo)
Los miércoles hay mercado en Caldas. Los vaunos salen antes de las siete, bolsas de red al hombro. Traen el pescado que llegó por la mañana al puerto de Peniche —jurel de primera, rape para la caldeirada, sargo si la suerte acompaña—. Pero el plato que marca la diferencia es la caldeirada de anguilas de la laguna: se pone al fuego al anochecer, cuando entra la marea y las anguilas despiertan. La receta es sencilla —tomate maduro, cebolla picada fina, pimentón de la tierra ahumado, un hilo de aceite virgen de la cooperativa de Benedita—, pero el secreto es el tiempo: cuece a fuego lento exactamente lo que tarda en rezarse un rosario. Quien se apresura queda con caldo turbio; quien se retrasa pierde el sabor del fango.
Las manzanas que no se venden
Sí, existe la Manzana de Alcobaça IGP, pero la mayoría va al centro de envasado de Mexilhoeira. Quedan los frutos pequeños, los que saben a cielo cálido y tierra fría. Son esos los que las señoras pelan junto a la puerta, cuchillo corto en la mano izquierda, la manzana girando como una peonza. De ahí salen las confituras que nadie etiqueta: van en vasos de yogur lavados, con tapa de celofán y goma rosa. Quizá las encuentre en el café O Pescador, junto al libro de pasteles: se sirven con pan de millo tostado, mantequilla salada, un cafetito que Antonio aún muele en el molinillo manual que le dejó su padre.
El silencio de las siete y media
La IC1 corta Vau por la mitad, pero quien vive dentro de las calles de tierra no oye el tráfico. Se oye a las gaviotas cuando sacan la basura orgánica, el ladrido esporádico del perro de Celestino, el tractor de José da Bica calentando a las seis. A las siete y media cesa el movimiento: hora de cenar, de fuego lento, de televisión en SIC Noticias. Las ventanas se encienden una a una, cuadrados de luz dorada que se reflejan en los muros encalados. Si hay luna llena, no hace falta farol: la llanura se vuelve un plato de plata donde las siluetas de las tres iglesias —Vau, Nuestra Señora de las Nieves y San Juan Bautista— se recortan como tapones de corcho.
Quien se queda, quien llega
De los 936 vecinos, 273 tienen más de 65 años. Muchos no salieron de la parroquia salvo para ir al hospital de Caldas o a la fábrica de conservas de Peniche. Ahora llegan franceses, alemanes, holandeses. Compran ruinas con pozo dentro, quitan las contraventanas de madera, pintan el exterior de blanco mate. Lo llaman «calidad de vida». Los mayores se ríen: «calidad es poder ir a la laguna a por percebes sin pedir permiso». Aun así, cambian gallinas por clases de francés y enseñan a los recién llegados a distinguir el ruido de la lluvia fina en el tejado de paja del tambor de la lluvia fuerte en la chapa del horno.
Caminar por Vau de noche es recibir la brisa que ya ha recorrido quince kilómetros de mar abierto sin encontrar nada. Entra por la Rua do Cemitério, baja junto al campo de fútbol donde la hierba crece en el semicírculo porque nadie tira penaltis, vuelve a subir hacia el océano. Lleva el olor a arrayán florido, a estiércol de vaca, a leña de pino que aún arde en las cocinas. Y, si alguien se para ante la iglesia, se oye el rumor lejano de las olas rompiendo en Fossil Cliffs —un sonido que no cambia desde hace dos millones de años, pero que cada generación escucha como si fuera la primera vez.