Artículo completo sobre Juncal
Entre olivos centenarios y manzanas ácidas, el pueblo se adormila al filo del parque
Ocultar artículo Leer artículo completo
La luz de la mañana se cuela por las ventanas orientadas al este como quien asoma antes de llamar. En Juncal, a 158 metros de altitud, el día empieza con olor a pan recién hecho y un murmullo de agua que serpentea entre los huertos: un regadío invisible que todos conocen. Reina una quietud difícil de etiquetar: ni la prisa de la llanura, ni el aislamiento de la sierra. Aquí el tiempo lo marcan las manzanas y las peras, no el reloj.
Al borde del parque
Juncal se asienta en el límite del Parque Natural de las Serras de Aire y Candeeiros. El calizo no es un material, es el paisaje. Cuando se limpia la tierra, las piedras salen más grandes de lo que entraron. La parroquia abarca 2.663 ha de transición: si sopla el norte, huele a brezal y a jara; si gira, trae la sal del Atlántico, aunque la costa quede a media hora en coche.
Ciento veinte habitantes por kilómetro cuadrado parecen muchos hasta que se comprueba que la mayoría vive pegada a la carretera nacional. El resto es olivar, frutal y matorral donde solo los cazadores saben el nombre de cada vereda. Los 3.197 vecinos se conocen de memoria: se cruzan en las bifurcaciones y ya saben quién es hijo de quién, a quién le compró la casa al suegro y quién nunca vendió la herencia.
Fruta que nace piedra
El suelo es tan calcáreo que hasta las coles saben a almendra. La Manzana de Alcobaça que aquí se cosecha no es de las más grandes, pero tiene una acidez que hace rechinar la muela: la pruebas en ayunas y la boca pide de inmediato un plato de sopa. La Pêra Rocha madura despacio, como quien no tiene prisa por llegar al mercado. En agosto, los camiones se arriman al arcén y los recolectores hacen cola en el bar: dejan los cubos al sol y se quejan del precio como si fuera noticia.
El aceite es otra historia. Hay olivares plantados por los abuelos de los abuelos, troncos retorcidos que parecen mapas de carretera. La aceituna es menuda, casi un garbanzo, pero lo que no tiene en tamaño lo compensa en terquedad. En los lagares, el olor a pasta recién molida se te pega a la ropa durante días: es el perfume de quien trabaja la tierra sin horario fijo.
Días que se heredan
805 mayores, 385 niños. Hagan la cuenta: hay más gente para contar historias que gente para inventarlas. A las cuatro de la tarde la escuela abre sus puertas y las consejeras sueltan las bolsas de la compra para ver a quién se parece aquella chica: es nieta del panadero que se casó con la de Fátima. Los trece alojamientos turísticos sirven sobre todo para que los padres visiten a los hijos que estudian en Leiria y aprovechen el fin de semana para «respirar aire puro» —léase: caminar hasta la fuente de la piedra y volver con los zapatos blancos de polvo.
No hay colas, no hay entradas, no hay souvenirs. Sí hay un bar donde se juega a la sueca los lunes y donde el dueño sirve el café más corto del municipio: «si quiere agua, beba del regato».
Al ocaso, cuando el sol se esconde tras la sierra, los muros de caliza se vuelven color miel y el olor a romero sube de las huertas como si la tierra preparara una infusión. En ese intervalo de diez minutos —entre el último tractor aparcado y el primer perro que ladra— Juncal cabe entera en la mano.