Artículo completo sobre Carnota: la fuente que susurra historias de Alenquer
Pera Rocha, granito y milagros cotidianos en la parroquia más viva del Oeste
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El granito de la fuente vieja está siempre húmedo, incluso en pleno agosto. El agua cae en un hilo continuo, como quien tiene prisa por no tenerla. Alrededor, la pizarra de las casas guarda el calor del día: es como tener una abuela que nunca olvida un escándalo, y lo suelta poquito a poco al que pasa.
Entre viñedos y perales, la parroquia abarca mil ochocientos ocho hectáreas; en lenguaje de bar significa: da para perder de vista la sierra y sobra terreno para el cabrito de la feria. La Pêra Rocha es reina aquí; se prueba con la mano sucia de tierra y tiene ese punto de acidez que recuerda a la prima que se marchó a trabajar fuera: dulce, pero con mordiente.
La piedra que nadie le quita
Dicen que hay un monumento nacional, pero pregunte a tres vecinos y al gato: nadie sabe dónde está. Lo cierto es que la piedra resiste, igual que el tío Chico que todos los domingos aparece en la pastelería de Alenquer «solo a ver si siguen vivos». El paisaje entró en el Geoparque Oeste, que viene a ser como recibir un sello de «validez geológica»: millones de años metidos en una botella de tinto que Filipe de la bodega hace con uvas que plantó el abuelo.
Marcas amarillas y botas sucias
El Camino de Torres pasa por aquí, pero no espere romería. Son cuatro peregrinos que refunfuñan contra las alpargatas, parando en el bar de Quitéria por un café con aguardiente «porque si no es ahora, no hay otro hasta el fin del mundo». La señalización es clara: sigue la bolita amarilla como quien sigue el olor al asado del domingo.
Gente que aún cabe en la iglesia
El padrón dice mil quinientas sesenta y cinco almas; en la práctica son veintitrés en la cola de la carnicería, ocho en el banco de la plaza y dos discutiendo si el Benfica va a ganar. La escuela aún tiene niños de sobra para un partido de fútbol, lo que ya es victoria. En cuanto a los mayores, se saben los nombres de todos los nietos y los de los perros de los nietos, y aún les queda tiempo para comentar quién dejó la puerta del corral abierta.
¿Turismo? Hay una casa para alquilar, sí señor. Pero va más para el primo de Lisboa que busca «aire puro» y se marcha al tercer día porque «no hay cobertura». Perfecto. Así sigue habiendo silencio para quien se queda, gallos que no piden licencia para cantar y noches en las que se ven estrellas que los sitios con wifi han olvidado que existen.
Se cierra el grifo de la fuente cuando la sombra toca la pared de la iglesia. Aún cae una gota, luego otra, como quien se despide sin drama. En la despensa el embutido ya sabe a invierno, y alguien grita «Hasta mañana, si Dios quiere» —que en Carnota no es frase hecha, es hora extra.