Artículo completo sobre Venteira: la Amadora que late entre bloques
Más de 26.000 vecinos conviven a 117 m de altitud en esta densa parroquia lusa
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El autobús frena con un suspiro neumático y la puerta se abre al rumor incesante de la Avenida dos Santos e Castro. Huele a café recién hecho que escapa de la pastelería Maria, mezclado con el diésel tibio del tráfico matinal. La luz de la mañana golpea de lado las fachadas de bloques compactos, con la ropa tendida en las terrazas como banderas domésticas. Estamos en Venteira, a 117 metros de altitud, en una de las parroquias más densas del municipio de Amadora —y, por extensión, de todo el país.
Casi cinco mil personas por kilómetro cuadrado
4928 habitantes por cada kilómetro cuadrado. Más de veintiseis mil personas repartidas entre los 530 hectáreas de la parroquia. La densidad no se lee solo en las estadísticas: se oye en el arrastrar de los carritos de la compra en el Pingo Doce de la Avenida 25 de Abril, en el eco de las conversaciones entre los bloques de la Cidade das Flores, en el sonido metálico de las persianas que se levantan al amanecer. Venteira no tiene el silencio de las sierras. Tiene la proximidad. Aquí, la vida del vecino está siempre a un palmo: separada por una pared de hormigón, por un tramo de escaleras, por una mirilla cruzada en el ascensor.
Donde los mayores sostienen la memoria
6676 residentes mayores de 65 años, más del doble de los 3327 menores de catorce. Es una proporción que se ve en los bancos del Jardim da Venteira ocupados a las cuatro de la tarde, en las colas del centro de salud a las ocho de la mañana. Llegaron cuando estos bloques aún olían a cemento fresco, cuando Amadora acogía a quienes venían del Alentejo y del Norte a trabajar en las fábricas de la capital. Hoy se sientan en el Café O Trevo mientras los nietos van al colegio público de Venteira, y la ciudad sigue vibrando a su alrededor.
Una parada en el Camino Central Portugués
El Camino Central Portugués —la ruta jacobea que une Lisboa con Santiago de Compostela— atraviesa Venteira por la Rua Professor Francisco Gentil. El peregrino no encuentra aquí el paisaje bucólico de los caminos rurales, sino el reto de mantener la atención entre semáforos y rotondas. Hay 57 alojamientos registrados, pero quien camina prefiere los hostales del centro de Lisboa. En Venteira lo que encuentra es el café Silva abierto a las seis para desayunar antes de coger el autobús hacia la capital.
El ritmo de una parroquia que no para
Venteira no se visita como un monumento. No hay aquí la pose del lugar que espera ser fotografiado. Esta es una parroquia que funciona: que se despierta pronto, que llena los autobuses 114 y 115, que hace cola en la panadería Ouro Branco a las ocho, que discute de fútbol en el Bar do Sporting. La vida tiene la textura del hormigón calentado por el sol de la tarde, el sonido de los niños que juegan al fútbol en el hueco entre los bloques 4 y 5 de la Cidade das Flores.
Para las familias, Venteira ofrece la ventaja de la logística sencilla: quince minutos en bus hasta el Marqués de Pombal, acceso directo a la A9 y la A37, y la comodidad de quien vive en un territorio donde todo está cerca porque todo es compacto. Hay tres guarderías públicas, dos colegios de primaria y un instituto. El hospital más cercano es el Hospital da Amadora, a diez minutos andando.
El peso específico de lo común
Hay quien busca en el suburbio solo lo que le falta: el mar, la sierra, el monumento clasificado. Pero Venteira tiene una cualidad que se escapa a esa mirada: la intensidad de lo vulgar. Veintiseis mil personas viviendo sus vidas a 117 metros de altitud, entre Lisboa y Sintra, en un territorio que no pide ser admirado pero que insiste, tercamente, en existir con toda su fuerza.
La última imagen que queda, al salir de Venteira al caer el día, no es grandiosa. Es el sonido apagado de una televisión encendida detrás de una ventana abierta en el tercer piso, la luz azulada de la pantalla recortando la silueta de alguien sentado en una silla. Y el olor: ese olor inconfundible de sopa de verduras que baja por la fachada del bloque y se mezcla con el aire cálido de la noche suburbana. Es poco. Pero es exacto. Y es aquí.