Artículo completo sobre Ericeira: la aldea donde el Atlántico sabe a sal y a histori
Pasea sus calles de piedra, prueba erizos de mar y respira el último adiós de los reyes portugueses.
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El primer ruido es siempre el mismo. Antes de ver el mar, se oye: un bramido grave que sube por las callejuelas y se te mete dentro. En Ericeira, el Atlántico no es un telón de fondo; es el vecino de enfrente. Cuando bajas al Largo do Jogo da Bola —oficialmente Praça da República desde 1886, aunque nadie le llama así—, notas bajo los pies la calzada desgastada por siglos de pisadas. El olor a pescado a la parrilla que escapa de alguna cocina advierte: esta no es una aldea que se mira desde fuera. Hay que entrar.
Erizos, falsos reyes y una partida sin retorno
Ericeira nació de “Ouriceira”, del erizo de mar que aún se arranca de los arrecifes y se come crudo. Aparece en documentos del siglo XIII como aldea pesquera dependiente de Mafra. En 1585, en ese mismo Largo do Jogo da Bola, el zapatero Mateus Álvares se casó haciéndose pasar por el rey don Sebastián. El 5 de octubre de 1910, en la Praia dos Pescadores, la Familia Real embarcó hacia el exilio. La arena donde hoy se tienden toallas fue el último trozo de Portugal que pisaron los Braganza.
Cal, piedra y el hexágono de São Sebastião
La luz de la mañana da de lleno en la iglesia de São Pedro, levantada en el siglo XV. A dos pasos, la capilla de Nossa Senhora da Boa Viagem guarda la devoción de los pescadores. La capilla de São Sebastião, hexagonal y manierista, sorprende por su geometría inusual. El fuerte de Nossa Senhora da Natividad vigila el océano desde hace cuatrocientos años. El antiguo Casino y la Casa das Cavacas completan el mosaico de fachadas del casco.
Caldereta, erizos y un pastel con nombre propio
La caldereta de pescado no se anuncia: se huele. El aroma de laurel y tomate escapa de las cocinas. Hay almejas a la Bulhão Pato, sardinas rebozadas y sopa de pescado que calienta las manos. De postre, los “ouriços” de almendra de la Casa da Fernanda. En la pastelería O Pãozinho das Marias, el pastel de nata sale del horno con la hojaldre aún crepitante. Todo se acompaña con vino de la región de Lisboa.
Acantilados, oquedades y la única Reserva Mundial de Surf de Europa
La costa es un recorte abrupto de acantilados calcáreos donde el mar ha excavado grutas y “foles” (bolsas de aire). Desde 2011, este tramo es Reserva Mundial de Surf, la única en Europa. Ribeira d’Ilhas es un anfiteatro natural para competiciones. Pero el mar tiene muchas velocidades: en la Praia da Baleia, las familias se extienden sobre la arena; en São Sebastião, los principiantes de stand-up paddle se equilibran sobre la tabla. El sendero circular de cinco kilómetros une playas y miradores. Para otra perspectiva, hay parapente sobre los acantilados.
Refugio, camino y día a día
La noche del 1 de enero de 1942, unos ochenta refugiados partieron de aquí hacia lo desconocido. Hoy, quien recorre el Camino de la Costa hacia Santiago pasa por estas calles. Con 12 359 habitantes en poco más de doce kilómetros cuadrados, la parroquia se mantiene densa: hay niños corriendo por la plaza, tablas apoyadas en las paredes como mobiliario urbano.
El Largo do Jogo da Bola se vacía al caer la noche. Desde el fondo de la calle sube, intacto, el sonido del mar rompiendo: el mismo que hace setecientos años despertaba a los primeros pescadores.