Artículo completo sobre Pontinha y Famões: molinos, 25-A y mermelada
Antiguas canteras que alimentaron Lisboa tras el 1755 y molinos donde nació la revolución
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El viento sube los 105 metros de altitud y azota las fachadas. Antes movía treinta molinos. Ahora hay motores, frenos, voces de 35.000 personas en nueve kilómetros cuadrados. Para junto al Moinho da Laureana. Oye el crujido de la madera. El silencio entre racheas.
Puente y caserío
«Pontinha» viene de un puente pequeño. Quizá sobre agua que desapareció bajo el asfalto. Famões nació de un matrimonio medieval. Creció entre quintas y canteras. En 2013 se fundieron en una parroquia. La costura ya estaba hecha por la expansión de Lisboa.
Las canteras del Trigache abastecieron la reconstrucción tras el 1755. Bajaban en carros hasta la capital. Parte del Chiado, parte de la Baixa, viene de aquí.
Vidrieras y cuartel
La iglesia de la Sagrada Familia tiene vidrieras de Júlio Pomar. Rojos y azules se mueven con la luz. Vale la desviación. En Famões, la iglesia de Nuestra Señora del Rosario es más sobria. Atracada a la devoción rural.
En el Regimiento de Ingeniería n.º 1 se instaló el Puesto de Mando del MFA. El 25 de abril empezó aquí. El núcleo museístico ocupa parte del cuartel. Mapas, fotos, radios. Todo converge en las horas que cambiaron el país.
Molinos y aceñas
Famões tuvo treinta molinos y dieciséis aceñas. Resta el Moinho da Laureana. Base circular de piedre blanqueada. Engranajes de madera. Olor seco de harina. Desde Casal do Bispo, a 289 metros, se ve el Tajo en días claros.
Pinar y membrillo
El Pinhal da Paiã tiene recorridos de arborismo. Senderos atraviesan huertos con higueras. La parroquia produce Marmelada Branca de Odivelas IGP. Pasta translúcida, dulzor discreto.
El Camino de Torres cruza la zona. Señalización perdida entre rotondas. Es honesto: no finge ser bucólico.
Pintor y escuela
Vieira Lusitano vivió en Casal do Falcão. Pintor de corte en una quinta suburbana. El marqués de Pombal descansaba en quintas de la zona. La Escuela Profesional Agraria D. Dinis mantiene la vocación rural.
Al caer la tarde, el viento empuja desde el Atlántico. Hay un instante en que se oyen las velas de los molinos invisibles.