Artículo completo sobre Cacém y São Marcos: la otra cara de Sintra
Entre bloques y pinares, la unión de freguesías que respira aire de colina
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El tren frena con un chillido metálico y las puertas se abren de golpe al aire que parece salido del congelador. La estación de Cacém está a 182 metros de altitud —ni se nota, pero el aire es más limpio que en Lisboa, como si las colinas lo hubieran aireado antes de dejarlo descender. Casi cuarenta mil personas en poco más de cuatrocientas hectáreas y una densidad que se nota como cuando entras en el metro a hora punta: nadie está quieto, siempre hay alguien subiendo o bajando la acera, un coche buscando aparcamiento, un tío pidiendo un cigarrillo.
Cacém: el nombre que lo ha sobrevivido todo
Cacém viene del árabe, dicen. Sobrevivió a la Reconquista, a las plagas, a la Revolución de los Claveles y ahora sobrevive a la bola de nieve de la urbanización. Ya en mil y pico era parroquia —lo que, para quien conoce la burocracia eclesiástica, es como tener el carnet de socio desde hace mil años. São Marcos, la otra cara de la moneda, siempre fue más aldea, más pausada. En 2013 las juntaron para ahorrar papel y personal, pero quien vive aquí lo sabe: es como meter al Madrid y al Atlético en la misma casa —bajo el mismo techo, pero cada uno en su campo.
El bosque que empieza donde acaba la ciudad
Hay quien piensa que Cacém es solo bloques. Se equivoca. Desde el patio de mi tío se ve el parque natural —no es metáfora, está justo ahí. Un salto desde el muro y estás en medio de los pinos, la tierra blanda, el olor a resina. Es como tener el campo de fútbol del club al lado de casa: todo el mundo sabe dónde está, pocos van. Pero hace falta —y los que van, vuelven con hojas en los calcetines y una sed de cerveza que solo una jola en el Zezinha apaga.
Lo que da la tierra a la boca
No hay viñedos en la acera, eso seguro. Pero la tierra da peras Rocha que son un escándalo —prueba antes de decir que no te gustan. Y todavía hay quien hace vino en los garajes, así que no falta un tío o un primo que traiga una botella de casa «que está buena, tío». Entre agosto y octubre, los puestos de fruta parecen exposiciones: peras con manchitas de herrumbre que son como las pecas en la cara de la abuela —son la señal de que es de verdad.
Cuarenta mil vidas en cuatrocientas hectáreas
Ahí está la cosa: 39.683 personas, dice el INE. Es como el bar de Fernando a las seis de la tarde: hay mesa para todos, pero nadie está quieto. Hay más críos que viejos —se nota en los colegios que parecen hormigueros a las cuatro. Dieciséis alojamientos turísticos, número redondo, todos dicen «cerca de Sintra» en el anuncio. Y es verdad: coges el tren y en 25 minutos estás en el Rossio, si no hay huelga.
El camino que atraviesa el día a día
Viene un tío con mochila a la espalda, bastón en la mano —es peregrino, va para Santiago. Parece el gato con botas pero va por el camino de la costa. Pasa junto al café, saluda a Ze que está en la terraza, y nadie le pregunta nada. Eso es Cacém: un sitio donde el mundo y el barrio se cruzan, como cuando el tío del Mercadona se cruza con la prima en el Dia —siempre pasa algo, pero al final todos saben quién es quién.
Cuando el día se aquieta
Hacia las ocho, cuando el sol ya solo da a los cuartos y las sombras cubren la calle, hay un silencio de medio minuto. Es como cuando cierra el horno del pizzero —se va el ruido, queda solo un resto. En ese resto se oye el viento que baja de la sierra, mezclado con el olor a cena que sale de los balcones. Después el silbato del tren —y recordamos que esto es un sitio que no es campo ni es ciudad, y que eso es justo lo que lo hace nuestro.