Artículo completo sobre Colares: vino de arena entre pinos y océano
Sus viñas resistieron la filoxera y crecen en playas de Sintra, produciendo vinos únicos
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El viento llega del Atlántico cargado de sal y encuentra las vides bajas, casi rastreras, aferradas a la arena blanca. No hay emparrados altos: las cepas de Ramisco se abren pegadas al suelo, protegidas por muros de caña que filtran la bruma marina. El sonido es el de un lugar entre dos mundos: el rugido sordo del océano al oeste, el murmullo de los pinos y eucaliptos de la Sierra de Sintra al este. Colares ocupa este intersticio, extendiendo sus 33 km² entre la cresta granítica de la sierra y los acantilados que se desploman sobre playas como la de Adraga.
La viña que la filoxera no pudo matar
La parroquia existe desde 1229, pero las raíces son más profundas. El nombre viene del latín colla —colina— y desde temprano se organizó en torno a la vid. Lo que hace singular Colares no es la antigüedad: es la geología. Las viñas crecen directamente en la arena, a veces a varios metros de profundidad, donde las raíces buscan la arcilla húmeda. Cuando la filoxera devastó los viñedos de toda Europa, las vides de Colares resistieron. El insecto no pudo penetrar en la arena suelta. Mientras regiones enteras reponían con portainjertos americanos, Colares mantuvo sus variedades autóctonas —el Ramisco para los tintos, la Malvasía de Colares para los blancos— convirtiéndose en la región vinícola más occidental de Europa continental y en una de las pocas con viñas de pie franco.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el vino de Colares alcanzó fama internacional. Hoy, la producción es reducida —unas 50.000 botellas al año procedentes de 25 hectáreas de viña—. La Cooperativa Regional de Colares sigue vinificando según técnicas ancestrales. Quien empuja la pesada puerta de madera siente el frío húmedo de las barricas y el olor acre del tanino madurando en la penumbra. Una botella de Ramisco de los años 90 cuesta 120€ en la bodega. Vale cada céntimo.
Piedra, cal y el eco de los siglos
La iglesia de São Martinho de Colares tiene trazos románicos y añadidos manuelinos. La piedra labrada en cuerdas y esferas recuerda al mar que se divisa a 3 km. Más discreta, la iglesia de Santa Maria do Colaride guarda su propio silencio. La parroquia cuenta con 15 monumentos catalogados, de los que 4 son Bienes de Interés Cultural. Son casas señoriales de fachadas encaladas, molinos de viento cuyas velas ya no giran pero cuyos cuerpos cilíndricos puntean el horizonte.
Arena en los pies, sierra a la espalda
El Parque Natural de Sintra-Cascais envuelve toda la parroquia. En un sendero por la sierra, se camina entre helechos gigantes y bloques de granito cubiertos de líquenes; media hora después, se desciende a la Playa de Adraga, donde los acantilados de caliza recortada enmarcan una lengua de arena. La Praia Grande, más amplia, atrae a surfistas con olas consistentes de norte. El aparcamiento cuesta 5€ el día. El Camino de Santiago de la Costa atraviesa la parroquia —son 13 km de Colares al Cabo de Roca, con flechas amarillas bien señalizadas.
El sabor del intervalo entre sierra y mar
En la Taberna do Cuco, la sopa de pescado cuesta 12€. En el restaurante Adega das Azenhas, el estofado de anguilas son 18€. La Pêra Rocha del Oeste madura en los pomares de la región —en la ultramarinos Central de Colares se venden a 2€ el kilo. La copa de vino de Colares en el restaurante cuesta 4€. El Ramisco joven es austerotánico; el de 10 años pierde la aspereza y gana notas de tierra mojada y cereza seca.
Siete mil almas entre la viña y la ola
7746 habitantes, según el Censo de 2021. Son 1050 jóvenes y 1959 mayores. Es entre estos últimos donde sobrevive la memoria de las vendimias hechas a mano, de los pies descalzos en la arena enterrando nuevos sarmientos. Los 367 alojamientos disponibles —entre apartamentos, casas, hostales y habitaciones— acogen a quien busca algo más que una pasada rápida por Sintra. Una habitación doble en Colares cuesta 80-120€ la noche fuera de temporada. En agosto, se duplica.
Al final del día, cuando la brisa cambia de dirección y el olor a sal se mezcla con el aroma terroso de las viñas viejas, se entiende lo que hace Colares irreductible: la tierra es literalmente arena, y en esa arena, contra toda lógica agronómica, crecen vides con casi dos siglos de edad, de pie franco, sin injerto, con las raíces bajando metros hasta encontrar agua. Es esa terquedad vegetal —silenciosa, subterránea— la que pone la nota exacta al lugar.