Artículo completo sobre Ventosa: viñedos, peras y pastel entre el Oeste
En este rincón de Torres Vedras la manzana perfuma el aire y el Camino de la Costa da un respiro
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Entre viñedos y huertos
Desde la terraza del café «O Padrinho», en la rotonda de la Moçafaneira, la mirada se topa con una escalinata de viñedos que trepa al cielo y con huertos que cambian de camiseta según el mes: marfil en abril, cuando la flor del manzano estalla, verde cristal en junio, cuando la pera Rocha empieza a tomar cuerpo. Aquí no hay circuitos ni tiendas de souvenirs. Está el señor Joaquim que, si se le pregunta, señala con el mentón donde estaba el lagar de su padre. «Ahora es una casa con piscina», dice, como quien menciona a un primo que se marchó a París y no volvió.
La manzana de Alcobaza y la pera Rocha son los paisanos que triunfaron fuera: no necesitan grandes alardes, pero sí el viento que les seque el rocío, el sol que les suba el azúcar y la tierra calcárea que los geólogos franceses del Geoparque estudian como si fuera el código de barras de la piedra.
El camino que pasa
El Camino de la Costa pasa justo delante de la pastelería «O Mercado». Entran por la mañana, mochila tambaleante, pidiendo un café y el aseo. Doña Lurdes guarda el papel higiénico detrás de la barra —«si no, se lo llevan todo». No son romeros, son personas que caminan solas llevando un pensamiento que nadie les pregunta. A veces se paran en el kiosco de Ventosa, fotografían el panel de Santiago, lo cuelgan en Instagram y siguen. Tres minutos, pero bastan para que la aldea se sienta parte de un mapa más grande que el del ayuntamiento.
Mesa de Oeste
En la «Tasca do Quim» —el bar de Quim, aunque todo el mundo lo llama así— el plato del día lo decide doña Odete según lo que su hijo traiga de la carnicería. Puede ser estofado de cordero, puede ser tortitas de calabaza. El vino blanco se sirve en jarra, no preguntes la añada. La ración se agranda al tamaño del hambre.
Los domingos hay cola en la panadería Silva por el Pastel de Feijão. No es marketing, es costumbre. Se lleva la caja de cartón a la playa o a casa de la suegra. El secreto no es ningún misterio: mantequilla de Prégola y un horno que ya va cumpliendo años.
Entre el campo y el mar
Ventosa no creció, se ensanchó. Llegaron los que tenían cansancio de Lisboa y suficiente trabajo para hacerlo desde casa. Compraron ruinas con tejado de burro, pusieron ventanales grandes y ahora hacen Zoom al sonido del gallo del vecino. La Moçafaneira es el ejemplo más fácil de mostrar —pero ojo, aún queda quien recuerda cuando allí solo había un campo de fútbol y un muro con «SLB» pintado a mano.
Cuando el sol se pone tras la sierra del Socorro y el viento amaina (solo un poco), el olor a eucalipto se mezcla con el de la leña. Es la hora en que los móviles pasan a modo avión y las cerraduras crujen. Entonces se entiende por qué el lugar se llama Ventosa: el viento no molesta, es la radio de fondo que nunca se apaga.