Artículo completo sobre Margem: el aroma del romero entre Alentejo y Ribatejo
Pueblo de Gavião donde el silencio se rompe con alondras y aceite centenario
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El aroma del romero seco sube del valle cuando el sol calienta las laderas. La carretera municipal M606 serpentea entre alcornoques dispersos, troncos oscuros contra el ocre de la tierra, y el silencio sólo se rompe con el canto lejano de una alondra. Margem se alza en la transición entre el Alentejo y el Ribatejo, territorio donde la planicie empieza a ondularse suavemente, donde los 241 metros de altitud bastan para cambiar la perspectiva sobre el paisaje circundante.
Aquí viven 641 personas repartidas en 5.893 hectáreas —una densidad de 10,9 hab/km² que se nota en el espacio entre las casas, en el tiempo que tarda uno en cruzarse con alguien por la calle. Las arrugas de la parroquia saltan a la vista en los datos del INE 2021: 266 personas mayores de 65 años, apenas 55 niños de hasta 14. Pero la vejez de un lugar no se mide solo en estadísticas demográficas. Se mide en el grosor de los muros de cal del caserío del siglo XIX en Vale Grande, en el ritmo pausado de las conversaciones a la puerta de la tienda de ultramarinos “O Pires” en Margem do Tejo, en la memoria larga de los olivares centenarios que aún producen aceite con Denominación de Origen Protegida Aceites del Ribatejo, reconocida desde 1999.
Tierra de paso
La geografía de Margem es la de una tierra que no ha elegido bando. Oficialmente alentejana por filiación administrativa —integra el municipio de Gavião desde 1836—, pero ribatejana en la protección de sus aceites y en la influencia climática del Tajo. Esta doble identidad se refleja en el paisaje: hay dehesa de alcornoque con descorte de 9 años, pero también manchas de olivar cordovil y galega; hay el calor seco del sur, pero también la humedad que sube del río, invisible pero presente en la vegetación ribereña que marca la ria de Margem y el arroyo de Vale Grande.
El queso mestiño de Tolosa, con IGP desde 2000, llega a las mesas locales desde las cabras serranas que pastan en los campos de Barbaído y Vale de Gatos. La leche cruda se mezcla en la cura en salmuera, gana consistencia semiblanda entre 15 y 30 días, desarrolla una corteza amarillenta. Se come con pan de masa fermentada del horno de Vale Grande —denso, de corteza gruesa—, regado con aceite de la Cooperativa Agrícola de Gavião, y el sabor es el de una tierra que no desperdicia nada desde los tiempos de la fábrica de corcho Fonte Nova, activa entre 1936 y 1984.
Ritmo propio
No hay multitudes en Margem. El movimiento turístico registra 1.200 pernoctaciones anuales en las dos casas rurales licenciadas —“Casa da Eira” y “Monte da Aparición”—, ambas en viviendas particulares. La logística de acceso exige paciencia: no hay estación de tren desde el cierre de la línea de Beira Baixa en 2010, y el autobús de Rede Expressos para Gavião hace dos pasadas diarias. Quien llega lo hace por la A23, saliendo en la salida 14 hacia la EN18, luego 12 km de carreteras municipales que el GPS marca como M606 y M512.
La cultura local no se exhibe en museos —el más cercano está en Belver, a 18 km. Se manifiesta en el ciclo anual de la vendimia en septiembre en el Olival dos Carrascos, en las matanzas del cerdo ibérico alentejano en diciembre según el método tradicional descrito por Francisco Dias Costa en 1954, en la persistencia del calendario lunar para podar los alcornoques en marzo. El riesgo es bajo, el esfuerzo físico moderado —no hace falta ser atleta para recorrer los 8 km de la senda de la Ria de Margem, señalizada por el ayuntamiento en 2018, que sube hasta los 350 metros del mirador de la Sierra de Barbaído.
Luz rasante
Al final del día, cuando la luz se pone horizontal a las 18:30 en pleno verano, la textura del paisaje se transforma. La pizarra del Anticlinal de Gavião, visible en la carretera entre Vale de Gatos y Barbaído, cobra relieve con 380 millones de años. El granito de los dinteles de las puertas manuelinas del caserío de Margem do Tejo brilla ligeramente, pulido por décadas de manos que empujaron y tiraron desde 1601, fecha de la primera referencia documental de la parroquia.
El silencio se espesa, salpicado solo por el sonido del tractor John Deere de Joaquim Pires que regresa de la dehesa, por el ladrido del perro guardián de la finca de los Matos. Queda el olor a tierra calentada a 28 °C, la leña de alcornoque que empieza a arder en las chimeneas de leña, la promesa de un queso de cabra que madura despacio en el trastero fresco de una casa con paredes de 80 cm de grosor.