Artículo completo sobre Montalvão: pizarra, quejigo y queso entre el Tajo
Ruinas de castillo, capillas desperdigadas y quesos de oveja en la frontera serena del Alto Alentejo
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El olor a leña quemada se mezcla con el aroma intenso del aceite nuevo en las calles estrechas de Montalvão. Aquí, a 308 metros de altitud, el viento que sube del Tajo trae consigo el murmullo lejano del embalse de Cedillo y el eco de campanas que marcan las horas con su propio ritmo. Las casas encaladas reflejan la luz cruda del Alentejo, y el silencio solo se rompe por el arrastre de pasos sobre el empedrado irregular o por el ladrido lejano de un perro.
La memoria de un castillo
Las ruinas del castillo se alzan en el punto más alto, testigos de cuando Montalvão fue villa y cabeza de municipio, estatus concedido en 1512 y perdido tres siglos después. Lo que queda de la muralla —piedra oscura de pizarra y argamasa— aún conserva la puerta de acceso con dintel clásico del siglo XVII, pero gran parte del conjunto se derrumbó tras las violentas inundaciones de 1978. La Orden de Cristo dejó aquí su huella, en una época en que esta frontera del Alto Alentejo tenía peso estratégico. Caminar entre las piedras sueltas es pisar siglos de abandono y resistencia, mientras la dehesa de alcornoque y quejigo se extiende en todas direcciones, ondulando hasta el horizonte.
Iglesias que cuentan historias
La iglesia parroquial conserva un pórtico anterior al siglo XIV, portal de piedra desgastado por el tiempo que precede a las sucesivas modificaciones manuelinas y barrocas. Junto a ella, la iglesia de la Misericordia mantiene la sobriedad típica de estas instituciones de caridad. Pero es en la dispersión de las capillas —San Juan, San Pedro, Espíritu Santo, San Andrés, Santa Margarita— donde se percibe la extensión territorial de esta parroquia de 124 kilómetros cuadrados. Cada ermita marca un punto en el mapa, un lugar de devoción donde los 290 habitantes, en su mayoría mayores de 65 años, aún encienden velas en septiembre, cuando la Fiesta de Nuestra Señora de los Remedios reúne a quienes se quedaron y a quienes se fueron.
Sabores que cruzan la frontera
El Queso de Nisa DOP madura en cuevas frescas, masa cremosa de leche de oveja que se come con pan alentejano y aceite de los olivares circundantes —el Aceite del Norte Alentejano DOP tiene aquí una expresión verde y picante que arde ligeramente en la garganta. Las migas con espárragos silvestres aparecen en primavera, cuando los campos se cubren de verde tierno y los primeros corderos aún maman. El estofado de cordero en invierno calienta los huesos, y en marzo se celebra la Matanza Internacional del Cerdo, evento compartido con Cedillo, al otro lado de la línea invisible que separa Portugal de España. Panceta frita, costillas cocidas, arroz de matanza: la cocina de estos días es ritual y celebración, acompañada por vinos de la región alentejana que crecen en este terruño de cuarcita y arcilla.
El Geopark y los senderos olvidados
Montalvão forma parte del Geopark Naturtejo, territorio de afloramientos rocosos milenarios y valles encajados por donde discurren los arroyos de Figueiró y Nisa. Los senderos rurales que unen la villa con la frontera española atraviesan dehesas abiertas, pastos donde el ganado pasta suelto y zonas húmedas junto al Tajo, refugio de garzas y cigüeñas. El camino hasta Cedillo puede hacerse a pie en dos horas, bordeando el embalse donde las aguas quietas reflejan los riscos y las cigarras rompen el silencio de agosto con su canto ensordecedor.