Artículo completo sobre Tramaga: silencio rojo entre alcornoques
La llanura de Alentejo donde el queso mestiço huele a tramontana
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La llanura se extiende baja, tan horizontal que la vista, harta de tierra, se refugia en el alcornoque más alto. El calor se acumula aquí sin obstáculo: no hay sierras que frenen el viento que trae el olor a eucalipto quemado de los aserraderos de la zona industrial. Tramaga respira al ritmo del Alentejo interior, donde la tierra roja se agarra a las suelas y la dehesa se abre en claros para huertos regados con agua del Couponça. El silencio es denso, roto por el zumbido de los motocultivadores los sábados por la mañana y por el ladrido de los perros guardianes que marcan territorio desde la parada del tren hasta el final de la carretera comarcal.
El peso de la llanura
Con casi noventa y tres kilómetros cuadrados y poco más de tres mil quinientos habitantes, Tramaga se extiende a una densidad que no llega a las treinta y dos almas por kilómetro cuadrado. La altitud media ronda los ciento noventa metros: bastante para ver el castillo de Seda al fondo, pero no para escapar del calor que cruje las tejas en agosto. La parroquia, agregada en 2013 a la Unión de Ponte de Sor, Tramaga y Vale de Açor, mantiene su testarudez: aquí aún se dice «voy al pueblo» cuando se baja a Ponte de Sor, y quien pregunta por el código postal recibe una mirada de recelo.
Nadie sabe a ciencia cierta el origen del topónimo: algunos hablan de una planta, otros dicen que viene de «tramaga», como se llamaba antaño al saco de lino donde se llevaba la semilla para sembrar. En el escudo de la unión parroquial aparece una rama de tramaga dibujada, pero en la aldea nadie la ha visto desde hace décadas. Hay quien jura que aún nace junto al arroyo, pero tiene que ser en un lugar donde no pasten las vacas.
Queso, leche y tradición
El queso mestiço de Tolosa llega aquí en furgoneta, fresco los miércoles, desde las queserías de la Sierra de São Domingos. No es un queso para que el turista se haga la foto: viene envuelto en papel de aluminio, aún templado, y la corteza amarilla lleva impresa la huella del quesero que lo volteó en la forma. Quien sabe pide «un cuarto con un poco de cura» y se lo lleva a casa para comer con pan de hogaza que doña Augusta aún mete al horno del pueblo antes de las siete de la mañana.
La leche es otra historia: desde que cerraron el centro de recogida en el Rossio, los productores tienen que llevarla hasta Ponte de Sor antes de las seis. La carretera nacional 244 aún guarda las huellas de tantos camiones de leche bajando a toda prisa; ahora pasan más furgonetas de fruta que de ganado.
Ritmos de una tierra interior
Las calles principales tienen nombres que nadie usa: se dice «la calle del Comercio» donde están los antiguos ultramarinos cerrados, «la Plaza del Kiosco» aunque haya veinte años que no hay kiosco, y «la calle de abajo» que baja hacia la escuela primaria donde ahora solo entran dieciséis niños. El café del Rossio abre a las siete para los que cogen el autocar a la fábrica de celulosa: sirven un café con leche en vaso alto y un pastel de hoja que aún llega congelado desde Évora.
El único sitio donde dormir es la habitación que Amélia habilitó en casa de sus padres: tiene aire acondicionado y televisión por cable, pero conserva el papel pintado de rosas que su madre eligió en 1978. Quien se aloja allí lo hace porque tiene familia o porque viene de la ciudad a la recolección de la aceituna. No hay wifi, pero la señal del móvil se engancha al monte del otro lado del valle y entra a tirones.