Artículo completo sobre Vila Meã: el Tâmega y el eco de sus molinos
Entre quesos del Corgo y broa recién hecha, el pueblo guarda siete molinos y un puente de cal viva
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Las campanas de la iglesia parroquial dan las siete de la mañana y su eco baja el valle, rebotando de ladera en ladera hasta perderse en el murmullo del Tâmega. En la plaza, el mercado ecológico del sábado comienza a montarse: puestos de madera cargados con frascos de miel que aún conservan el perfume del eucalipto, quesos del Corgo envueltos en paños de hilo, manojos de grelos que gotean agua de la tierra. El olor a broa de maíz recién horneada se mezcla con el aroma de las col que Doña Rosa sube desde la plaza de abajo. Vila Meã despierta despacio, como quien no tiene prisa.
Piedra, agua y cal
El Puente del Sobreiro se extiende sobre el río desde 1865, reconstruido en mampostería de piedra levantada solo con cal —ni rastro de cemento. Es el único puente sobre el Tâmega construido así que aún resiste el peso de los coches y de las carretillas de leña. Desde el pretil, se observan garzas reales inmóviles entre los juncos, a la espera de un movimiento en el agua. Río abajo, el Molino de Aviso conserva la rueda de madera resquebrajada por el tiempo y el canal por donde la corriente aún discurre, aunque ya no muela grano. Vila Meã conserva siete molinos en pie —el mayor número de todo el municipio de Amarante— y el Sendero de los Molinos los une en un recorrido circular de cinco kilómetros que asciende hasta el Pozo de las Rosas, una depresión de granito donde el agua forma un espejo verde oscuro.
La iglesia parroquial, reconstruida en el siglo XVIII, guarda un retablo barroco de talla dorada que atrapa la luz de la tarde a través de los altos ventanales. En el atrio, el Crucero de 1742 marca el centro de la aldea con su cruz de granito labrado. El 20 de enero, en la Romería de San Sebastián, los caballos suben los escalones y entran por la puerta principal para recibir la bendición dentro de la nave —una tradición que sigue siendo única en el país. Los cascos resuenan sobre la piedra pulida, los animales retroceden nerviosos, los dueños sujetan las riendas con firmeza mientras el párroco rocia agua bendita.
Bacalao simbólico y rojões con sarrabulho
El sábado de Carnaval, el «Entierro del Bacalao» arrastra a medio millar de personas por las calles. El cortejo satírico transporta un bacalao de cartón en ataúd abierto, acompañado de llantos fingidos y discursos cómicos que satirizan la política local. Al final, el pez es «cremado» en una hoguera en la plaza, marcando la despedida a la Cuaresma antes incluso de que empiece. Tres días después, el Domingo de Ramos, la feria anual de ganado ocupa la plaza de la Señora de la Salud: vacas maronesas de pelaje marrón, gallinas en jaulas de mimbre, cabras negras con cencerros al cuello.
El cabrito asado en horno de leña es el plato central de las fiestas de septiembre, servido con patatas doradas en la grasa y arroz con tomate. En el restaurante «O Tâmega», los rojões a la manera del Minho llegan a la mesa con sarrabulho humeante, acompañados de vino verde blanco de la Quinta da Veiga —el mismo que se sirvió en la cena de Estado ofrecida por Salazar al presidente brasileño Juscelino Kubitschek en 1957. La acidez del vino corta la grasa de la carne de cerdo; el arroz de maronesa —carne DOP criada en las laderas de la sierra— aporta el sabor concentrado de un animal alimentado a pasto. Al fondo de la sala, la chimenea crepita.
Barro rojo y cielo sin velos
En la Olaria Meã, el taller de cerámica artesanal ocupa una antigua casa de labranza. El barro rojo extraído de las orillas del Tâmega se moldea en el torno con las manos húmedas, resbaladizo y frío al tacto. Las piezas se secan al sol en el patio de pizarra antes de entrar en el horno. En la aldea del Outeiro, las casas de campo rehabilitadas ofrecen ventanas abiertas a la sierra de la Aboboreira y un cielo nocturno donde la Vía Láctea se dibuja sin competencia de luces urbanas.
La ciclovía que sigue el Tâmega hasta Gatão permite pedalear junto al agua, bajo túneles de robles y alcornoques, mientras los somorgujos bucean en círculos concéntricos. En el embarcadero del Sobreiro, las tablas de paddle surf aguardan amarradas al pontón de madera. El agua refleja el granito de las peñas, el sol rasante de la tarde calienta la piedra, y el único sonido es el de los remos cortando la superficie lisa.