Artículo completo sobre Viariz, la montaña de Porto que huebre a miel y a roble
A 842 m, entre abejas y ahumados, el pueblo guarda silencio y fiestas de agosto
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La carretera serpentea en pronunciados lazos que alejan el valle del Duero a cada curva. A 842 metros, el aire cambia: más fino, más frío, impregnado de ese olor a tierra mojada y musgo que solo se respira en la montaña. Viariz late a otro ritmo que el resto de Baião. El granito aflora por doquier y el verde de las laderas se vuelve más denso, casi sombrío.
Aquí viven 396 personas repartidas en poco más de seis kilómetros cuadrados, aunque la sensación es de vastedad. Las casas se encaraman a los declives, cada cual con su huerto, su ahumadero, su balcón invisible sobre el valle. Con 63 habitantes por km², el silencio es la norma: solo lo rompen el tañido de la iglesia, un ladrido lejano o el viento que peina las cumbres.
La montaña que da de comer
La altitud no es un dato: es oficio. Se produce la DOP Miel de las Tierras Altas de Minho, cuyas notas florales destilan la identidad de esta sierra. Las abejas visitan flores que solo crecen por encima de los 800 m: brezos, castaños y robles se reparten el paisaje. El resultado es un miel color ámbar oscuro y textura espesa, como si concentrara la viscosidad del tiempo, que aquí discurre lento.
Los ahumados siguen activos. En las casas antiguas, el humo de roble sube sin prisa curtando chorizos y jamones que necesitan esta altura para secarse al punto exacto. El aire enrarecido y frío hace el trabajo que ninguna cámara puede imitar.
Fiestas de agosto
Dos celebraciones marcan el año: la Virgen al Pie de la Cruz y San Bartolomé. Ambas coinciden con el cenit del verano, cuando retornan los emigrantes y la población se dobla durante unos días. Las procesiones escalan los caminos de tierra, los pasos se equilibran al compás de los hombros, y luego vienen los festejos que se alargan hasta la madrugada, con la concertina devolviendo eco a los montes.
Entonces los 46 jóvenes de la parroquia —minoría frente a los 109 mayores— recuperan voz. Los niños zigzaguean entre las casetas, los adolescentes que viven en ciudades lejanas se reconocen a distancia. Agosto es el mes en que Viariz recuerda cómo era antes del éxodo.
Dos casas rurales, mucha soledad
Solo dos viviendas ofrecen alojamiento. No hay turismo masivo ni siquiera organizado; quien llega, lo hace en busca de altitud y sosiego. Los muros son de piedra gruesa que atrapa el frescor en verano y el calor de la lumbre en invierno. Por la mañana, la bruma se anuda en los valles y no se disipa hasta bien entrada la mediodía, cuando deja ver la geometría de las laderas sembradas.
Al atardecer, cuando la luz rasante tiñe el granito de oro, se entiende por qué algunos eligen vivir a esta altura. El horizonte se abre tanto como alcanza la vista y el aire tiene esa transparencia que solo existe lejos del polvo de la llanura. El frío nocturno llega pronto, pero regala el cielo más limpio del distrito.