Artículo completo sobre Jugueiros: vendimia a fuego lento entre viñedos
Pisa uvas con los pies en los lagares medievales de esta parroquia del Sousa
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El olor a leña quemada se mezcla con el aroma dulzón de las uvas en fermentación. Es septiembre en Jugueiros y los lagares vuelven a la vida, no los industriales, sino los pequeños, los de siempre, donde aún se pisa con pies descalzos y se prueba el mosto directamente de la pipa. La parroquia se extiende sobre un suave altiplano a 225 metros de altitud, entre los valles del Sousa y el Vizela, y su densidad de viñedos por habitante es de las más altas de la región de los Vinhos Verdes. Aquí el año se mide en vendimias, podas e injertos.
Caballos, diezmos y tierra de Sousa
El nombre viene del latín jugus, yegua, y no es casual. En los documentos medievales de los siglos XII y XIII, Jugueiros —entonces grafado «Jugueyros»— aparece vinculado a la cría de caballos, actividad que marcó la economía local durante la Edad Media. La parroquia formaba parte de la Terra de Sousa, bajo la influencia de la diócesis de Braga, y consta en donaciones y diezmos que hoy duermen en los archivos eclesiásticos. En septiembre, cuando regresa la pequeña Feria del Caballo promovida por la Asociación de Agricultores de Jugueiros desde 1998, resuena aún algo de esa memoria: herraduras contra el empedrado, un relincho bajo, el intenso olor a cuero y sudor animal.
Talha dorada y piedra desnuda
La iglesia parroquial se alza en el centro: arquitectura popular del siglo XVIII con fachada encalada y un retablo barroco en talha dorada que brilla a la luz de las velas. No tiene catalogación nacional, pero sí devoción —y eso se nota en los exvotos colgados junto al altar, en los ramos de flores frescas cada semana, en el silencio denso que se instala al empujar la puerta de madera ajada. Durante las Fiestas del Concelho, el último fin de semana de agosto, la plaza de enfrente se llena de gente, música en directo, cohetes que rasgan el cielo nocturno y el olor a sardinas asadas mezclado con el humo de los petardos.
Rojões, papas y vino ligero
La cocina de Jugueiros es la del Valle del Sousa: rojões a la manera local servidos con papas de sarrabulho, cabrito asado en horno de leña que deja la piel crujiente y dorada, embutidos caseros colgados en los ahumados —chorizo de carne, salpicón grueso, morcilla oscura. El pan de centeno aún se cuece en el horno comunitario de la Rua do Forno, los domingos, denso y con corteza gruesa que cruje al partir. En la mesa todo se acompaña de un tinto Vinho Verde ligero, fresco, ligeramente ácido, servido en cazuelas de barro. En la repostería dominan los huevos: bizcocho húmedo, tocino de cielo que se deshace en la lengua, quesadillas de Felgueiras envueltas en papel de estraza.
Entre viñedos y arroyos
El sendero de Jugueiros serpentea tres kilómetros entre viñedos dispuestos en bancales bajos, castañares centenarios y pequeños bosques autóctonos donde el musgo lo cubre todo. El arroyo de Jugueiros, afluente del Vizela, discurre discreto pero constante, y su murmullo acompaña al caminante hasta la capilla de São Sebastião, en lo alto, desde donde se divisa el monte do Viso recortado contra el cielo. La Quinta do Outeiro abre sus puertas para catas de Vinhos Verdes, solo con cita previa, porque aquí nada es masivo. La ruta de cicloturismo que une Jugueiros con Felgueiras pasa por lagares tradicionales y miradores sobre el valle, donde la luz de la tarde incendia las hojas de la vid en tonos de cobre y oro viejo.
Al caer el día, cuando los tractores regresan de los campos y se cierran las puertas de las bodegas, queda el sonido de las campanas de la iglesia marcando las seis y el persistente olor a mosto que impregna el aire —dulce, denso, casi táctil. Ese es el pulso de Jugueiros: vino, tierra y caballo, todo en la misma respiración.