Artículo completo sobre Penacova: broa, ganado y río Sousa entre piedra
Penacova, en Felgueiras, encierra feria de animales, horno comunal y sendas fluviales
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El murmullo del agua en los regatos llega antes que el propio río. Penacova se aferra al noroeste de la sierra de Padrela, entre viñedos y maizales. Los sábados, la explanada de la iglesia se llena de voces para la feria mensual de ganado: vacas y ovejas, tratos sellados con un apretón de manos. La parroquia cabe en tres kilómetros cuadrados, pero la densidad de lo que ocurre aquí se resiste a cualquier medida exterior.
La piedra que guarda siglos
La iglesia matriz existe desde 1258. Granito grueso, nave única, ábside semicircular. El cruceiro de 1723 conserva inscripción latina y las armas de los Sousa Castro: la talla profunda aguanta lluvia y viento. La capilla de Nuestra Señora de la Salud, más pequeña, fue costeada por emigrantes en Brasil. La arquitectura no proclama grandeza; acumula función y fe entre muros de medio metro.
Sendas entre el río y la sierra
El PR2 de Penacova mide ocho kilómetros: sale de la iglesia, baja al Sousa por pista de tierra. Garzas reales en los cienegos, castañares y pinares. Cuatro hórreos de piedra —rarisimos en Felgueiras— marcan el paisaje. Hay quien baja el río en kayak hasta Cepelos, remando despacio para oír el eco en las orillas rocosas.
Sabores que salen del horno y de la viña
Los sábados, el horno comunal cuece broa de maíz y centeno. Leña de roble, costra oscura, miga densa. Los rojões llevan carne de cerdo en vino blanco, ajo y laurel. El domingo más cercano al 24 de junio, el folar —masa dulce con embutidos— equilibra sal y azúcar. El vino verde del Sousa, blanco y ligeramente gasificado, acompaña chorizo y morcilla. En la Quinta do Olo, requesón fresco y queso de oveja curado.
El día a día entre fiesta y faena
Septiembre trae nueve noches de novena a Nuestra Señora de la Salud. En Navidad, belenes vivientes en corrales con animales prestados. Los Reyes y las Janeiras aún se cantan: voces que piden aguardiente y broa. El Pozo de los Novios, donde las chicas iban por agua y los chicos esperaban, ya no se usa, pero el nombre quedó.
La tarde proyecta la sombra del cruceiro en la plaza. La campana da las seis, metálica y breve. Penacova no pide prisa: cada piedra tiene inscripción o huella de uso, y el río sigue corriendo en los regatos como en 1896, cuando el padre Sousa intentaba fijar en papel lo que el paisaje ya sabía de memoria.