Artículo completo sobre Lixa y Borba de Godim: vendimia entre granito
Entre viñedos y túneles de roca, Felgueiras guarda pueblos que miden el tiempo en cosechas
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Se oyó primero el rugido del motor; después apareció el tractor subiendo la pendiente como quien se toma su tiempo —porque aquí el tiempo no se mide en minutos, se mide en vendimias—. Detrás, la viña se extiende en hileras rectas como dientes de tenedor, los alambres tensos entre postes de granito que han visto más inviernos que tú y yo juntos. Esto es Lixa, villa desde 1995, pero con un pie en el campo que no lo saca ni la autoridad municipal.
La unión de Vila Cova da Lixa y Borba de Godim agrupa 6 081 almas en un rectángulo de tierra que cabe en la palma de la mano, aunque atesora más historia que mucho municipio grande. Crearon la parroquia en 2013, pero los lugares ya existían cuando los reyes aún cabalgaban.
La iglesia que es como un bizcocho de capas
La iglesia matriz de Vila Cova da Lixa es como aquel bizcocho que hacía la abuela: arriba, cantaría lisa de 1713; abajo, piedra románica de 1148 que parece traída de otro siglo —porque lo está—. Apoya la mano en la pared y nota la diferencia: allí el granito está liso como una mesa de billar, aquí está gastado como la barra del Café Central.
En Borba de Godim la cosa se pone más solemne. El templo presume de artesonado que es todo un espectáculo: madera pintada que recuerda a los móviles de guardería, pero con más clase. El Pazo de Borba, al lado, es de esos solares que hacen el bizcocho de yema parecer pequeño: escalinata para un grupo de invitados, no para un hombre solo.
El monte donde se vio toda la trifulca
Sube al Monte do Ladário —sí, a pie, no hay Uber que valga—. Desde arriba se ve todo: Felgueiras abajo, Amarante al lado, y en los días claros hasta se distinguen las cuentas pendientes del bar. Fue aquí donde, en 1834, liberales y absolutistas resolvieron sus diferencias a porrazos. Ganaron los primeros y mandaron colocar a Nuestra Señora de las Victorias en lugar de la anterior: la religión se casa con la política como el vino con el chorizo.
Lo que se come y lo que se bebe
Viña, viña y más viña. Estamos en tierra de vino verde, no es el sitio para pedir una Coca-Cola. La miel de las abejas de aquí sabe a flor de otoño, y el cabrito entra en el horno como mandan los cánones —despacio, para no quemarse ni quejarse—.
La Estancia do Seixoso, ese hospicio del siglo XIX, hoy es solo paredes y silencio. Cuentan que el doctor António Cerqueira Magro curaba tísicos con aire puro; ahora cura añoranzas: el lugar es tan bonito que da ganas ponerse enfermo solo para ir a parar allí.
El filósofo que nació aquí y el poeta que se escondió
Leonardo Coimbra —ese que escribía libros que nadie entiende pero todo el mundo comenta— nació en Borba de Godim. António Nobre, el poeta frágil, anduvo por aquí escribiendo sobre la lluvia antes de que fuera tendencia. Hasta el pintor Sebastião Babo dejó unos pinceles: parece que la tierra tiene colores que solo se ven de cerca.
La feria, la romería y el bordado que no falla
Los lunes es feria en Lixa: coles, gallinas y conversación sobre el tiempo. En septiembre, la romería de San Miguel pone a media comarca en pie de iglesia —unos de rodillas, otros con la copa en la mano—. Las mujeres bordan a máquina, pero con aguja de mano: hacen punto de cruz como quien cuenta dinero, sin mirar ni una vez.
Quien llegue al atardecer, que se quede a ver la puesta en Ladário. El sol se mete detrás de las viñas y todo se vuelve color de miel —la misma que fabrican las colmenas repartidas por las laderas—. Es entonces cuando se entiende: Lixa no es un lugar que se visita, es un lugar que se guarda en el bolsillo, como un papel de caramelo medio masticado: dulce, pegajoso e imposible de soltar.