Artículo completo sobre Vila Verde y Santão: pan, pan y horno
Recorre la aldea del horno de leña y la fiesta que huele a aguardiente
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El olor a leña quemada —pino seco, nunca eucalipto— se incrusta en el pan antes de que nazca. En el horno de Santão, la madera cruje como si hablara; fuera, las mujeres amasan con las mangas remangadas y los antebrazos empapados de harina. La masa, ligeramente dulce, lleva un chorrito de aguardiente que nadie menciona en la receta escrita, pero todos añaden. Cuando abren la boca del horno, el vapor huele a mantequilla derretida y a días de fiesta.
Dos aldeas, una misma historia
La fusión de 2013 solo existía en el papel. En la práctica, Vila Verde sigue escuchando los tractores que se escapan a los campos al amanecer, mientras Santão despierta con el gallo del Sequeira —el mismo que marca las horas desde 1987. Vila Verde tiene el café "O Progresso", donde el pastel de nata es alargado, no redondo; Santão tiene la Casa do Povo, donde se juega al tómbola los martes y se proyecta el Benfica los jueves. Entre el quiosco de una aldea y el de la otra hay exactamente 2,3 km de carretera comarcal, contados por los niños en bicicleta.
En la iglesia de San Tiago, el sacristán-acordeonista sube solo al coro y toca Adiós a España antes de la misa de las siete. En San Sebastián, María de la Concepción aún trae el agua bendita de casa en una garrafa de Brancávia, porque “la de la fuente de la iglesia sabe a teja”.
El calendario de las celebraciones
El 20 de enero, la procesión de San Sebastián baja la cuesta como puede: el manto del santo pesa ocho kilos, el aire corta como una navaja, y siempre hay un nieto que se hace el cojo para llevar la andas y faltar a clase. Al final, reparten copas de vino caliente con clavo y canela; nadie rechaza, ni el cura.
En julio, Vila Verde monta el escenario en la plaza de ladrillo; el baile empieza a la una de la madrugada, cuando ya ha bajado el frescor del Viso. El cavaquinho es el mismo de 1994 —le han cambiado las costillas varias veces, pero el corazón es el mismo.
En la Noche de las Fogaceiras, el horno se enciende a las cuatro de la tarde. Quien no llega antes de las seis se queda sin pan: doscientas fogaceas, no hay más. La receta está en un cuaderno cuadriculado de la Ama, pero el secreto es el tiempo que tarda la masa en levar junto a la lavadora, en la cocina de doña Alda — “allí hace calor y no entra corriente”.
Sabores de la tierra y del valle
El caldo verde lleva col de la huerta del Tonho, cortada con la navaja de desespinar; el chorizo es de cerdo alentejano, pero ahumado en vara de castaño del monte. El cabrito va al horno después de pasar una noche entera en el fregadero de la panadería, porque “allí cabe entero y aún sobra sitio para la bandeja de patatas”.
En Semana Santa, el folar se hace con masa madre que la abuela Lourdes guarda en un plato tapado desde el Miércoles de Ceniza. Los huevos se tiñen con cáscara de cebolla del huerto; quedan color óxido, que es el tono justo.
El vino blanco viene en garrafas de tres litros, tapadas con film de supermercado. No tiene sello, pero tiene burbuja que revienta en la lengua como chicle.
Senderos entre dos mundos
El PR3 empieza junto al muro donde se lee “Vila Verde — 2 km”, pintado con spray en 1998. Se cruza primero el patio del Pósito Municipal, donde el olor a ortiga seca aún se adhiere a las piedras. El puente sobre el Ferro tiene una tabla suelta: quien la pisa hace “toc” y se lleva un susto, pero la tabla es siempre la misma, nadie la arregla — “es señal de camino verdadero”.
En la ladera junto al monte hay un olivo partido por un rayo en 2012; las ramas secas siguen ahí, agarradas al tronco como quien no quiere irse. Es el sitio donde se para a comer una mandarina y ver el Sousa abajo, fino como cinta mojada.
La antigua estación de Vila Verde perdió los relojes, pero ganó una pared donde los peregrinos dejan cinco céntimos encajados en el revoque. Al atardecer, el silencio es tan denso que se oye el tintineo de las monedas cuando el viento mece la zarza del exterior.