Artículo completo sobre Nevogilde: campanas que resistieron la guerra
Entre viñas y pizarra, la parroquia de Lousada guarda fiestas barrocas y fueros del 1258
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El atrio de la iglesia se alza sobre una pequeña elevación y la humedad de la mañana aún impregna los escalones de granito. Abajo, entre los muros de pizarra que dibujan parcelas estrechas, las viñas se extienden en bancales irregulares hasta donde la vista alcanza los primeros robledales. El campanario da el mediodía: la misma campana que fue bautizada en 1947, tras ser recogida en 1936 para fundirla con otras durante la guerra civil española. Su voz se desplaza despacio sobre los tejados de teja negra, sobre los patios donde se secan sábanas al sol, sobre las huertas donde alguien trabaja encorvado entre las coles.
Nevogilde no proclama su presencia. Ocupa apenas 343 hectáreas en la geografía de Lousada, pero su nombre arrastra un peso de siglos: Nova Gilda, la nueva guilda, documentada por primera vez en 1258 en el Libro de los Fueros de Alfonso III. Las escrituras del siglo XIII la mencionan ya como comunidad organizada —con fuero propio y obligaciones de tributo a la Orden de Fontarcada— y esa vocación de trabajo colectivo atravesó los tiempos. Hoy, sus 2.451 vecinos mantienen viva la Hermandad del Señor de los Afligidos, fundada en 1713, una de las más antiguas del Valle del Sousa. La devoción estalla cada año en la Gran Fiesta del municipio, cuando la verbena transforma el atrio en escenario de romería, hogueras y baile al aire libre. La procesión recorre exactamente el mismo recorrido desde 1854: baja la Rua do Cemitério, gira a la izquierda en la Rua da Igreja, sube hasta el Crucero de 1782 y regresa al atrio.
El barroco dorado y los azulejos del Setecientos
La iglesia parroquial de Nevogilde, reconstruida entre 1723 y 1738 por iniciativa del prior Domingos de Araújo, se yergue en el centro de la parroquia como testigo de un siglo XVIII devoto y próspero. El portada de granito da paso a un interior donde la talla dorada del retablo mayor (1734, taller de José de Sousa) atrapa la luz de las ventanas laterales y la devuelve en tonos cálidos sobre los muros revestidos de azulejo. Los 48 paneles de la fábrica del Rato datan de 1742-1745 y representan episodios de la vida de la Virgen con una gama azul y blanca que aquí permanece intacta: el cobalto aún se adivina en el borde izquierdo del panel de la Anunciación, donde el vidriado no se quemó del todo. Más discreta, pero no menos significativa, la ermita de Santa Águeda resiste en plena rústica: levantada en 1666 por mandato de António Dias Carneiro, conserva una pila bautismal de granito con inscripción latina legible hoy. Su patrona se celebra el 5 de febrero con procesión, misa solemne y reparto del bollo tradicional —receta que María de la Ascensión guardó 73 años y que ahora ha pasado a su nieta, con el peso exacto de 12 huevos por cada 2 kg de harina.
Viñas, arroyos y senderos entre la pizarra
La altitud modesta —183 metros— no impide que el paisaje ondulé en suaves colinas donde se alternan castañares, viñas y manchas de robledal. Arroyos de aguas claras cruzan el territorio en dirección al río Sousa: el de Nevogilde nace en la Sierra de São Mamede, junto al lugar de Cidadelhe, y desemboca 14 km después, ya en Freamunde. A lo largo de sus orillas crece el musgo verde oscuro que sólo prospera donde el agua nunca falta: los mayores dicen que cuando se seca, anuncia invierno riguroso. El sendero peatonal que une la iglesia con la ermita de Santa Águeda, abierto en 2008 por la Asociación de Cazadores pero basado en caminos medievales, serpentea entre muros de pizarra cubiertos de helechos, pasa junto a parras cargadas de uva blanca —el Loureiro es la variedad dominante, plantada desde 1892 tras la filoxera— y ofrece pausas naturales a la sombra de los alcornoques. No hay espacios protegidos catalogados, pero el equilibrio rural permanece intacto: parcelas pequeñas (media de 0,3 ha), caminos de tierra apisonada, el ritmo lento de las estaciones.
Sabores que se cocinan en horno de leña
La gastronomía de Nevogilde ancla su memoria en el ahumado y en el horno comunitario. El de la parroquia, reconstruido en 1952 en el mismo solar que el anterior (de 1847), sigue funcionando todos los sábados: hay que reservar con doña Ilda el sexto día laborable del mes, llevar la leña propia —roble o alcornoque— y pagar 5 euros por la limpieza. El cabrito asado a la leña emerge dorado y aromático, la piel cruje bajo los dientes, la carne se deshace con la presión del tenedor. El arroz al sarrabulho, preparado al día siguiente de la matanza tradicional —que aún se celebra en enero en las quintas de Vale de Maceira y Outeiro— lleva a la mesa la sangre y las menudencias del cerdo en guisos densos, adobados con pimentón de Esposende y comino de la tierra. En las tascas que abren durante las fiestas se sirven francesinhas de cerdo de la zona: versión local más rotunda y menos codificada que la prima portuense, con pan de millo y morcilla. La repostería conventual cierra la comida: toucinho-do-céu según la receta de 1912 de la abuela Albertina, bilhóres fritos en aceite nuevo —primera semana de diciembre— y dulces de yema que concentran el azúcar en texturas untuosas. Y el vino verde, fresco y ligeramente efervescente, lava el paladar entre bocados: el de Quinta do Outeiro, vendimia manual en cajas de 20 kg, fermentado en tinas de cemento de 1963.
La vereda a Lousada y el picnic junto al arroyo
Hay una vereda rural que sale de Nevogilde hacia la sede del municipio, camino usado durante siglos por quienes iban a vender al mercado o a oficios religiosos mayores. Hoy, recorrerla a pie es adentrarse en una geografía de silencios puntuados: el gorjeo súbito de un mirlo, el murmullo constante del agua entre piedras, el chirrido de una cancela de madera que alguien cierra a lo lejos. A mitad de camino, un claro junto al arroyo invita a la parada: piedras lisas por el uso secular, sombra generosa, agua limpia que refleja el verde de las copas. Allí, desde 1974, las familias celebran el picnic del domingo de Pentecostés: llevan el arroz al sarrabulho en cazo de hierro, el vino en botijos de barro y dejan a los niños descalzos en el agua hasta el anochecer.
Cuando el sol rasante incendia las fachadas encaladas y el granito de los dinteles gana tonos de miel, Nevogilde se revela en el detalle que importa: el olor a leña que sube por las chimeneas —aún el 73 % de las viviendas usan calefacción de leña, según el Censo 2021—, el eco de los pasos en la calzada irregular —hecha con losas de pizarra extraídas en la cantera de Santa Comba hasta 1983—, el peso de los siglos guardado en cada portal de piedra labrada. Aquí, el día a día no necesita espectáculo para existir.