Artículo completo sobre Silvares-Pias-Nogueira-Alvarenga: vino y granito
Cuatro aldeas que comparten viñas, fiestas y la sombra del nogal en Lousada
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El olor a tierra removida llega antes que cualquier señal. Después, la viña: hileras de parras bajas que se encaraman por laderas suaves, los racimos aún verdes en junio, ya translúcidos y gordos en septiembre. La carretera que entra en Silvares serpentea entre muros de granito cubiertos de líquenes y, en los corrales que flanquean el camino, siempre hay ropa tendida al sol y un perro que ladra por obligación más que por alarma. Estamos a 274 metros de altitud, en el corazón del municipio de Lousada, distrito de Oporto, en una unión de cuatro lugares —Silvares, Pias, Nogueira y Alvarenga— que en 2013 se juntaron en el papel, pero que desde hace siglos comparten el mismo suelo, el mismo granito, el mismo vino.
Cuatro nombres, un mismo paisaje
Los nombres lo cuentan casi todo. Silvares viene de silva, la mata densa que aún cubre los puntos más altos; Nogueira resuena con los nogales que salpican los caminos rurales, sus hojas anchas proyectando sombra en los días calurosos de agosto; Pias evoca las depresiones excavadas en la roca, esas que acumulan agua de lluvia y sirven de bebedero involuntario a pájaros y gatos callejeros; y Alvarenga lleva consigo un nombre personal germánico, vestigio remoto de una villa que se asentó cuando esta tierra ya se cultivaba y habitaba. Son 6 594 personas repartidas en 10,15 km² —una densidad de 650 hab./km² que se nota en la proximidad de las casas, en los corrales que casi se tocan, en la conversación que salta de ventana a ventana al atardecer.
El equilibrio demográfico es curioso: 945 jóvenes de hasta 14 años y 995 mayores de 65. Dos mundos que se cruzan en la puerta de las ultramarinos y en los atrios de las iglesias —los primeros con el móvil en la mano, los segundos con boina y manos callosas que aún saben podar una vid sin consultar manual alguno.
La fiesta que para el municipio
La Festa Grande del municipio en honor al Señor de los Aflitos no es solo un acto parroquial: es el momento en que todo Lousada converge aquí. Se celebra la primera semana de septiembre, desde 1954, y atrae a unos 50 000 visitantes. Las procesiones recorren calles estrechas donde el olor a cera derretida se mezcla con el de sardina asada en los fogones improvisados. Hay pasos pesados a hombros de hombres en mangas de camisa blanca, hay cohetes que estallan en un cielo aún claro de verano, hay el sonido arrastrado de la concertina que no compite con las columnas de sonido pero que insiste, terca, en algún rincón del arraial. La Fiesta de Santa Águeda, el 5 de febrero, mantiene el mismo esqueleto —misa solemne, procesión, comida y bebida— pero con una escala que permite oír mejor la voz del párroco y sentir el peso del silencio que precede al repique de las campanas.
Vino verde y fuego lento
La viña es omnipresente. Estamos en plena región demarcada de los Vinos Verdes, creada en 1908, y aquí la producción no es solo industrial: es doméstica, familiar, casi íntima. Hay 1 200 productores en la parroquia, con una media de 0,5 ha por explotación. El vino que sale de aquí tiene esa acidez fresca, casi eléctrica en la lengua, que pide comida contundente al lado. Y comida contundente no falta. El cabrito asado en horno de leña, con la piel crujiente y el interior rosado, es plato de días grandes. Los rojões a la minhota, cortados en cubos gruesos y fritos hasta dorar, se sirven con patata a murro y tripas de cerdo enrolladas. El cozido à portuguesa aparece en las mesas de invierno, humeante y generoso, con todos los embutidos y col que producen la huerta y la despensa de casa. Y antes de todo esto, siempre, el caldo verde —esa sopa de color intenso, con el aceite brillando en la superficie y la rodaja de chouriço flotando como una pequeña boya de sabor. Los dulces son caseros, receta pasada de mano en mano, sin nombre de pastelería ni etiqueta.
Caminar entre muros y parras
No hay aquí la espectacularidad de los acantilados ni los miradores vertiginosos. El paisaje opera por acumulación: la repetición de las viñas en parra, el granito que aparece en muros, en cruceros, en umbrales de puerta gastados por el uso, el verde intenso que solo el Minho consigue —un verde que parece húmedo incluso cuando no llueve. Los caminos rurales que unen las cuatro antiguas parroquias son recorridos de media mañana, como el PR2 «Senda de las Viñas y del Agua» (8 km, 2h30), con subidas suaves y bajadas donde se oye el fluir del agua en la levada de Pias o el zumbido constante de abejas junto a las zarzas cargadas de moras a finales de verano. La logística es sencilla: Lousada está a 38 minutos de Oporto (A3, salida 14), y la parroquia dispone de 15 alojamientos turísticos —desde la Casa de Silvares (casas de granito del s. XVIII) hasta la Quinta da Timpeira (apartamentos con piscina).
El peso de la mora en la mano
Hay un gesto que resume este lugar. En el camino de tierra batida entre Silvares y Pias, en el km 3,2 de la senda, alguien se para, extiende la mano hacia una zarza al borde del muro y coge una mora. Está caliente del sol, casi negra, y mancha los dedos con un púrpura oscuro que no se va al primer lavado. Es un gesto sin prisa, sin audiencia, sin fotografía. Y es en esa mancha en los dedos —tenaz, dulce, concreta— donde queda la marca de esta tierra donde la mata, la roca, los nogales y el nombre antiguo de un germánico olvidado aún se encuentran vivos, no como reliquia, sino como suelo que se pisa cada día.