Artículo completo sobre Banho e Carvalhosa
Banho y Carvalhosa, Marco de Canaveses: fuente perdida entre zarzas, vino ácido de loureiro y miel de brezo que sabe a espera
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El murmullo del agua discurre justo debajo de la carretera, pero ya nadie recuerda cómo llegar hasta él. La fuente que bautizó el lugar se perdió entre eucaliptos y zarzas; lo que queda es el nombre —Banho— y la certeza de que, ahí abajo, el agua sigue manando fría como siempre, aunque ya no vaya nadie a beberla. Carvalhosa (con la «o» final que los mayores aún pronuncian) evoca los robles que cedieron paso a los castaños; su madera clara servía para estribos de carros y para las tinas donde la abuela guardaba la manteca de cerdo.
Raíces en el siglo XVII
La iglesia se alzó en 1693, pero esa fecha es solo el documento más antiguo que el párroco halló en el archivo. Antes ya había casas de pizarra, eras de trillar y el camino que llevaba el maíz al molino de Quintandona. A 213 metros de altitud, el aire es lo bastante limpio para distinguir el olor a tierra tras la primera lluvia —ese que hace crecer el pan y evita que el vino se agrie. De los 1.074 vecinos, 244 superan los 65 años y recuerdan cuando las chicas bajaban a la fuente a las seis de la mañana, con la cántara en la cabeza y la canción en los labios.
Albariño y miel que arde
La viña se agarra a los bancales como quien se agarra a la vida: cada racimo de loureiro se asolea por la tarde y el granito, calentado, le devuelve el calor durante la noche. El vino sale ácido, con esa acidez que hace temblar las amígdalas —hay que morder una miga de pan con panceta para domarlo. La miel es otra historia: es de brezo, sí, pero también de madroño y de jarilla que florece en abril. Una cucharada en un yogur insípido basta para entender que es fruto de quien sabe esperar. Los colmenares se esconden en los cerros, protegidos del viento norte; las colmenas son de castaño, oscuras como la miel que guardan.
Fiestas que juntan a los que se quedaron
La fiesta de San Juan es el día 24, pero la gente empieza a reunirse la víspera. Hay sardinas a la brasa en la plaza de la iglesia y el vino corre de garrafas de plástico que nadie se molesta en esconder. Los chicos aún van a las vaquillas de cuerda en Amarante, pero vuelven a tiempo de bailar la virá con las primas. En agosto, las Fiestas del Marco duran tres días: el domingo es día de procesión, el lunes de partida de mus y el martes de desfile de tractores restaurados. Quien no tiene tractor lleva al nieto en los hombros para ver el castillo de fuegos artificiales que el club de fútbol paga a plazos.
El silencio que se escucha
Al caer la tarde, cuando la niebla sube del Támega, las casas de granito parecen más grandes. La carretera comarcal 605 corta la parroquia por la mitad, pero los coches pasan deprisa —van al hospital o al Intermarché. La única veraneante es la ingeniera de Oporto que compró el lagar abandonado; lo convirtió en casa de vacaciones y ahora trae a los amigos a probar el vino que compra a Zé Mário. No hay rutas, ni tiendas de recuerdos, ni senderos señalizados. Hay, eso sí, a Zé Mário que, si le llaman a la hora de cenar, saca una silla y sirve lo que hay en la cazuela —migas con costilla, quizá, o caldo verde con panceta ahumada. Y, mientras se come, cuenta cómo fue el invierno del 78, cuando la nieve cortó la carretera durante ocho días y se sacrificó el cerdo dentro de la cocina porque fuera todo era blanco.
Cuando la noche cae del todo, el perro del señor Albano ladra al eco de sus propios ladridos. Es el momento en que se comprende que Banho y Carvalhosa no necesita ser descubierta: basta con quedarse. El agua sigue corriendo ahí abajo, el vino recién abierto suelta la primera corcho, y alguien, en alguna cocina, acaba de meter el pan en el horno.