Artículo completo sobre Bem Viver: el pueblo que huele a mosto y miel
Entre viñedos de pizarro y colmenas de brezo, donde el Tâmega susurra
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La luz de la mañana baja rasante por los valles, recortando bancales donde la vid se aferra al pizarro. Hay un silencio denso, roto solo por el ladrido lejano del Bobi del señor Arménio y el murmullo de la regata que serpentea entre muros de piedra, justo al lado del cruceiro. Bem Viver se extiende a 282 metros de altitud sobre un terreno que se pliega y repliega entre Marco de Canaveses y el Duero. El nombre no es casual: se eligió en 2013, cuando se juntaron Várzea do Douro y Paradela. Dijeron que era para “modernizar”, pero los mayores aún usan los nombres viejos cuando les preguntan por su casa.
Raíces clavadas en el tiempo
Antes de 2013, mucho antes, hubo romanos que dejaron huella en la toponimia —ese “-es” final de Canaveses—. Luego llegaron las capillas medievales, las heredades, los contratos de aparcería que el abuelo de Zé Manel guarda todavía en un baúl. Lo que sobrevive hoy no son grandes monumentos —solo está catalogada la casa de labranza en Paradela—, sino la textura de siglos de trabajo: los muros que se pierden entre viñedos, los caminos cuyas piedras han pulido generaciones, las casas de granito con puerta baja que obligan a inclinar la cabeza.
Entre la viña y el valle
Bem Viver está en la región de los Vinhos Verdes, y se nota. Las vides dibujan bancales en las laderas, podadas bajas, con la parra que el padre de Carlos insiste en mantener aunque le digan que el espaldero da más uva. Al caer la tarde, cuando el sol se pone tras el Monte Farinha, las hojas parecen arder; es entonces cuando se entiende por qué esta tierra siempre ha sido viñatera. No hay quintas señoriales, sino parcelas que se fueron repartiendo entre los hijos. El vino aún se prensa en los lagares de piedra, con las uvas pisadas descalzo el día de Santa Marta.
La miel es otra historia. Las colmenas del señor Joaquim se esparcen por los prados, pintadas de colores para que las abejas no se pierdan. La miel de brezo —esa que tiene un amargor que arruga la boca— es la que buscan los extranjeros que llegan aquí después de leer algo en internet.
Vida en presente
Son 3.542 vecinos, aunque la cifra oscila según el día: hay quien trabaja en Oporto y solo regresa los fines de semana, quien se fue a Suiza y deja la casa cerrada nueve meses al año. En los bares de Várzea la conversación mezcla portugués y francés de los emigrantes de vuelta. Hay 472 niños en la escuela de primaria, así que aún hay griterío en el patio. Los 616 mayores se sientan en los bancos de la puerta, al sol, y son ellos quienes cuentan cómo antes se pisaba la uva en tres lagares distintos el mismo día.
Las fiestas son las de siempre: San Juan con la sardina asada en la plaza, las Festas do Marco con la procesión y el castillo de fuegos que Filipe, el de los fuegos, dispara al aire desde que tiene memoria. No ven la televisión, no hace falta: lo importante es que haya suficientes bifanas y que la música no pare antes de las tres de la madrugada.
El son de las horas
Caminar por Bem Viver es oler la tierra mojada después de la lluvia, oír el crujido de las piedras bajo los pies, ver el humo de las chimeneas que aún quiebran leña de alcornoque. Los 14 alojamientos disponibles son casas recuperadas: la de doña Amélia conserva el lavadero en el patio, la del señor Albano aún tiene el horno donde su mujer hacía pan los sábados. No hay miradores con selfie-points, pero sí el lugar donde se pone el sol frente al cruce de Paradela, desde donde se divisa el Duero al fondo y donde los adolescentes van a fumar los primeros cigarrillos sin que los padres lo sepan. Al final no queda una foto, sino el sabor del vino nuevo en la boca, el peso de las bolsas con naranjas del vecino, el son de la campana de las siete que el cura toca a mano porque el mecanismo se estropeó hace años y nadie se acuerda de arreglarlo.