Artículo completo sobre Paredes de Viadores e Manhuncelos
Entre bancales de Alvarinho y capillas del siglo XVIII, el pueblo respira la memoria de la vendimia
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El granito asoma en las bermas de la carretera, gris oscuro donde el agua de la última lluvia aún fulgura bajo el sol de la mañana. La parroquia se extiende por 1.311 hectáreas de ladera, un territorio donde los valles se abren en bancales y la viña trepa a media altura, siempre bajo el horizonte que recorta el perfil irregular de la sierra. Aquí, a 391 metros de altitud media, el aire llega gélido en las mañanas de invierno y la niebla tarda en disiparse, dejando las casas de pizarra suspendidas en una blancura que borra los contornos.
Paredes de Viadores e Manhuncelos nació de la unión administrativa de dos lugares distintos en 2013 — Paredes de Viadores, con su capilla de 1756 dedicada a San Juan Bautista, y Manhuncelos, cuya iglesia parroquial de San Mamés tiene raíces medievales. Los 1.534 habitantes se reparten entre lugares como Carvalhal, Formigoso y Outeiro, una malla donde aún se reconocen los vecinos de nombre. Hay 207 jóvenes entre 0 y 14 años — voces agudas en el recreo de la escuela de Paredes de Viadores, bicicletas apoyadas contra el muro de la capilla —, pero también 270 mayores que guardan memoria de las eras comunales donde se trillaba el maíz y de las vendimias que empezaban al amanecer, cuando se oía el «ay, Jesús» de las mujeres que subían la ladera con las cestas en la cabeza.
Vinho verde y miel de las tierras altas
El territorio forma parte de la subregión del Vinho Verde denominada Amarante — la más pequeña en extensión, pero donde los suelos graníticos y la exposición sur producen los Alvarinhos más estructurados. Las viñas ocupan los terrenos de media ladera, protegidos de los vientos del norte; las cepas se alinean en emparrillados de madera de castaño o se conducen en espaldera, según la antigüedad de la plantación. En la cooperativa de Manhuncelos, fundada en 1964, aún se pisaba el orujo con los pies hasta los años 80. Hoy, las bodegas privadas conservan las pipas de roble donde el vino reposa hasta febrero, cuando se hace la «magra» — el primer trasiego tras la fermentación maloláctica.
Pero la parroquia guarda otro producto certificado: la Miel de las Tierras Altas del Minho DOP, recogida en las 180 colmenas que salpican los prados junto al río Ovelha. Aquí el mel tiene color ámbar oscuro, cristaliza en 15 días y su sabor arrastra la flora silvestre — brezo, madroño, silva — que florece por capas a lo largo de la primavera. En la casa de José Augusto, en Outeiro, aún se conservan las colmenas tradicionales de corcho, cilindros oscuros de 80 centímetros que atestiguan una apicultura que se perpetúa al menos desde 1897, fecha de la primera certificación parroquial que registra un apicultor en la localidad.
Calendario a dos tiempos
La vida de la parroquia se marca por dos momentos altos: la Fiesta de San Juan, el 24 de junio, cuando las hogueras se encienden al anochecer junto a la capilla de Paredes de Viadores y el humo sube recto en el aire quieto — trayendo a los emigrantes que pasan las vacas en julio —, y las Fiestas del Marco, el primer fin de semana de septiembre, celebración del ayuntamiento que lleva al grupo «Las Viudas de Manhuncelos» a desfilar por las calles de Marco de Canaveses. Fuera de esas fechas, el ritmo es otro — el de las podas de la viña en enero, el de la campana que toca al mediodía en la torre de San Mamés, el del autobús de AVIC que pasa a las 7:15 y a las 17:30 en la parada de Formigoso, enlazando con la capital del concejo.
Hay trece alojamientos registrados, entre casas y habitaciones, una oferta que surgió tras 2015 cuando el ayuntamiento creó el programa «Aldeas de Marco». Quien se queda duerme en casas de granito restauradas con ayudas comunitarias — como la Casa del Castaño, donde despierta el canto del gallo del vecino Sr. Armindo, desayuna broa de maíz de la panadería Silva que abre a las 6:30 en la carretera nacional. La logística no intimida — estamos a 8 kilómetros de Marco de Canaveses, con acceso por la EN319 —, pero la experiencia pide tiempo para revelarse. No hay multitudes, no hay rutas obligatorias. Hay, sí, la posibilidad de caminar la senda PR1 «Entre Viadores y Manhuncelos», 7,3 kilómetros que enlazan la fuente de San Benito, donde se dice que las mujeres lavaban la ropa hasta 1960, con la capilla de Nuestra Señora de la Salud, levantada en 1948 tras la promesa hecha durante la gripe española.
Lo que queda, al final, no es una fotografía para enmarcar. Es el sonido de los pasos en la calzada de granito irregular que une Paredes de Viadores con Manhuncelos, construida en 1953 por el «Servicio de Hidráulica Agrícola» cuando se canalizó el arroyo de Outeiro. Es el peso del silencio cuando el viento para, antes de oír el tractor del Sr. Joaquim subiendo a las 18:30 desde el campo donde plantó patata. Es el sabor del mel oscuro de brezo untado en la broa de maíz que doña Lurdes saca del horno los miércoles. Y la certeza de que hay lugares donde la vida se mide por el calendario agrícola, no por el número de likes — donde el tiempo de Facebook no sustituye al tiempo de la siembra, que aquí se hace aún en lunas crecientes de marzo.