Artículo completo sobre Frazão: el pueblo donde el vino nace entre risas y callos
Pisa la uva descalzo, saborea el rojão y cruza el puente medieval del valle del Sousa
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El aroma del mosto sube desde el lagar de piedra y, si te acercas lo suficiente, aún se oye el golpe ritmico de los pies que aplastan la uva al compás de una canción que parece inventar versos sobre la marcha. En Frazão, el lagar comunitario de pisa es el único del municipio que funciona como antaño: descalzos, callos en la planta y el jolgorio de quien sabe que el vino empieza aquí, en el barro y en la risa. La vendimia sigue siendo un asunto de vecindad: quien tiene uvas la lleva el viernes; quien no tiene, lleva las manos y se lleva a cambio una damajuana que sabe a quince días de esfuerzo.
Piedra partida, memoria entera
Dicen que el nombre viene del latín fractus, piedra rota, y no falta razón: el terreno está tan quebrado que hasta las vacas parecen meditar antes de apoyar el casco. La iglesia de São Brás, levantada en el siglo XVIII, guarda un retablo que brilla a la luz de las velas como si el oro aún contara monedas. Merece la pena subir hasta la capilla de São Sebastião: la cuesta hace sudar, pero desde arriba se domina el valle del Sousa, viñedos en bancales que parecen escalones para un gigante tras una borrachera. El puente medieval resiste; ya pasaron carros de bueyes, tractores tambaleantes y ahora furgonetas de excursionistas que se detienen para repetir la misma foto.
Febrero de garganta bendita
En febrero, São Brás trae el bollo que nadie hornea como doña Aldina: ella manda en la masa y en la distribución, y quien recibe dos trozos es pariente o ha tocado la lotería. Aún cuelgan un ramito de alcornoque en la puerta «para las anginas» — nadie sabe por qué, pero tampoco se arriesga a comprobarlo. En enero, el «entierro del bacalao» pone punto final a las fiestas: desfilan con un pez de cartón por las calles al son de acordeones, lo entierran en un hoyo rápido y toda la cuadrilla se va a la Tasca do Zé a descorchar un blanco bien frío que corta como navaja.
A la mesa, lo que da la tierra
El rojão a la manera de Freamunde se desmenuja en la cazuela hasta que la panceta se rinde: se come con pan negro y un tinto sin etiqueta que no necesita presentación. Cuando aparecen las papas de sarrabulho, hay celebración de por medio: nadie se las plantea un domingo cualquiera; exigen olla de fondo grueso y paciencia de santo. De postre, los suspiros de Frazão se deshacen antes de tocar el plato; llévate una caja en el asiento del copiloto, no llegarán al siguiente semáforo.
Senderos entre lagares y alcornoques
La ruta «Caminhos de Frazão» suma ocho kilómetros que se hacen en tres horas si paras a fotografiar; en dos, si tu mujer avisa de que el cocido se enfría. Se cruza con lagares abandonados, muros de pizarra cubiertos de musgo y un alcornoque que fue diana de tirachinas infantiles. En la Quinta da Aveleira hay barbacoas, mesas de madera y un columpio que cruje: lleva carbón y no olvides apagar el fuego, los bomberos están a dos pasos, pero nadie quiere estropear el domingo al prójimo.
Cuando la campana de São Brás toca las avemarías, el sol se pone tras la torre y las viñas se tiñen de naranja. Aún se oye, allá abajo, un perro que ladra al viento — o quizá sea la vecina llamando al marido para la cena.