Artículo completo sobre Meixomil: olor a leña y viña baja entre acequias
Pasea entre parcelas minúsculas, degusta arroz con cabidela y escucha las contraventanas.
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El olor a leña húmeda no es colonia: es la humareda que aún escapan los fogones de las casas vecinas y que se pega a la ropa tendida. En Meixomil los campos no son «vergeles»: son parcelas minúsculas, tantas que se pierde la cuenta, separadas por acequias de agua quieta donde crecen juncos y donde los niños van a cazar caracoles al salir del cole. La viña sube, sí, pero no en «cortinas»; lo hace en emparrados de madera podados a mano, tan bajos que un adulto se tiene que agachar. Cuando el viento arrastra el tufo de la sierra de São Tiago, las contraventanas golpean, pero es más culpa de las vacas que del aire.
El retablo dorado y los santos de enero
La iglesia de São Brás tiene el suelo de tablas gastadas que crujen del lado del Evangelio. El retablo dorado no «brilla en la penumbra»: está descolorido, el barniz se desconcha en las esquinas y los ángeles tienen la cara negra de polvo. La misa de las Sebastianas empieza a las cuatro de la tarde, pero a las tres ya se oyen a las señoras gritando en la puerta de la capilla de São Sebastião, discutiendo quién lleva la leña para la hoguera. El bizcocho se corta con el cuchillo de pan de toda la vida y el vino se sirve en vasos de plástico reutilizados: los de cristal grueso se rompieron casi todos.
Campos de mil pies
«Meixomilium» pudo ser campo de mil pies, pero hoy es sobre todo campo de mil tractores. Sus 3.749 vecinos se quedan en 3.748 cuando Zé do Telhado se va el fin de semana a Francia. Los arroyos son tres: el del Outeiro, el de la Várzea y el del Puente, y todos tienen nombre propio porque, cuando los críos se caen, conviene saber dónde fue. La senda hacia la sierra arranca justo detrás del cementerio: 2,3 km de barro en invierno y polvo en verano, bordeando un muro donde alguien escribió «Zé + Lúcia 1997» con rotulador indeleble.
A la mesa con São Brás
El arroz con cabidela se hace con sangre de gallina del corral, no de la carnicería. El rojão lleva tres días macerado con pimentón ajeno y dos dientes de ajo aplastados: nada de marinados complicados. El vino verde es del año pasado, aún con heces, y se sirve en una jarra de barro que la madre de Zé fabrica en Santa Marta de Penaguião. El capón solo aparece en Navidad; el resto del año toca pollo de corral, que tarda tres horas en cocerse y perfuma toda la casa. Las papas de sarrabulho se comen en cuenco de loza y quien no trague oreja de cerdo la deja en el borde para el perro. Los bilhóres son tan pequeños que caben de un trago y motivo de guerra si la hermana mayor se lleva más que los demás.
Cuando cae la tarde, el tractor del señor Joaquim se apaga dos veces antes de entrar en el garaje. Las luces de las casas se encienden por orden: primero la de doña Rosa, que cena a las siete en punto; luego la del café, que no cierra hasta que se marcha el último parroquiano. El silencio no es «denso»: es el silencio de quien lleva treinta años oyendo ladrar al mismo perro y sabe que es Melro, el can de João, que solo ladra cuando ve su propia sombra en el espejo del asfalto.