Artículo completo sobre Astromil: donde el vino verde nace entre niebla y granito
Pasea entre viñedos, prueba miel de tomillo y siente el pulso rural de esta parroquia de Paredes.
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El olor al pan recién hecho se escapa de la panadería de Silvina —la única que hay— y se mezcla con el aroma de la tierra que sube de las viñas. Astromil despierta temprano, como siempre: mil y pocos habitantes repartidos en menos de doscientos hectáreas, donde las vides se entremezclan con casas de granito y corrales que aún tienen gallinas. La parroquia se alza a unos modestos 200 metros de altitud, suficientes para que la niebla llame a la puerta por las mañanas de invierno y las uvas cojan acidez para un vino verde que corta la garganta —en el buen sentido.
Entre viñedos y capilla
Astromil no es un pueblo perdido, pero tampoco es una ciudad. Es de esos sitios donde el tractor atraviesa la carretera comarcal sin que nadie se sorprenda, pero donde los críos cogen el bus a las ocho en punto para el colegio en Paredes. Los mayores —y hay 145 con más de 65 años— recuerdan cuando cada casa hacía su propio vino, antes de las cooperativas. Ahora muchos venden la uva a la Adega de Cristelo, pero aún queda quien guarda una prensa en el sótano y se empeña en enseñarte la botella del año pasado como si fuera un nieto recién licenciado.
La Igreja do Salvador está justo en el centro —no es ninguna maravilla, pero es nuestra. El día del Señor de Lordelo, que es el 6 de agosto, hasta quien no ha pisado la misa en todo el año aparece. La eucaristía es temprano, luego hay sardinas en la plaza y el rancho canta esos fados que solo suenan en las fiestas. No hay turistas, ni falta que hace. Hay gente que se conoce de toda la vida y que guarda sitio en el banco de la iglesia como quien lo hace en la cafetería.
Del monte a la mesa
Astromil tiene dos cartas de presentación de peso: el capón de Freamunde y la miel de las Terras Altas. El capón es solo para ocasiones —carne firme, piel crujiente, horas en el horno con panceta y sal gruesa. La miel es oscura, casi negra, y sabe a tomillo y albariño. Mi abuela decía que curaba de todo, desde la tos hasta la mala digestión. Se untaba en rebanadas de pan de millo, ese que aún se hace en el horno de leña del Sequeira.
En las verbenas nunca falta el caldo verde con broa, los rojões con castañas (si es octubre) y el arroz de sarrabulho para los valientes. El vino verde tampoco falta —hay quien lleva garrafas de cinco litros y va llenando los vasos de plástico como si fuera agua. Nadie se emborracha, se queda contento.
Ritmo de generaciones
Astromil no es destino de fin de semana. No tiene senderos señalizados ni tiendas de souvenirs. Tiene la campana de la iglesia dando las siete de la mañana, el bar de Quim que abre a las seis y media y cierra cuando se marcha el último, y el descampado donde los niños juegan al pilla-pilla hasta que los llaman para cenar.
En verano, los mayores se sientan a la sombra de las acacias junto al quiosco y hablan de las cosechas como si hablaran de fútbol. En invierno se cierra la puerta de un portazo y se oye la tele de la vecina hasta las diez. El vino sigue naciendo de las cepas, el granito sigue brillando en los umbrales, y Astromil sigue ahí —pequeña, terca, nuestra.