Artículo completo sobre Cete: donde el granito guarda mil años de voz
Amanecer entre azulejos mudéjares y campanas que aún llaman a misa
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La luz rasante del amanecer se cuela por las rendijas del campanario y dibuja sombras oblicuas en los azulejos que han sobrevivido a tantos inviernos. Abajo, en la capilla funeraria, la tumba de Don Gonzalo Oveques descansa desde hace mil años bajo una bóveda que aún conserva el frío de la noche. La campana resuena —un sonido grave que parece salir de la propia piedra—, rebota por el valle y se mezcla con el gorjeo de los gorriones que han hecho su nido en los aleros del monasterio. No hay prisa. Nunca la hubo.
La memoria grabada en piedra
Cete debe su nombre al latín Cetum —lo cuenta el señor Armindo, que mantuvo el puesto de frutas en la plaza durante 42 años y asegura que «esto aquí fue un lugar importante, señora, que hasta los obispos venían en burro». El monasterio fundado por Don Gonzalo Oveques en el siglo X marcó el ritmo de la comarca al compás de las oraciones. La iglesia que hoy se visita es ya una reconstrucción de los siglos XIII-XIV, pero la nave única con techo de madera conserva la austeridad románica: muros gruesos, pocas ventanas, una penumbra que invita a bajar la voz. Las imágenes de San Pedro, Santa Lucía y Nuestra Señora de Gracia, pulidas por generaciones de manos, parecen guardar los secretos de quienes transitan por aquí.
Subir al campanario es adentrarse en la antigua capilla funeraria donde los azulejos mudéjares resisten en verde y ocre, empeñados en no desvanecerse. El Centro de Restauración de Tibães pasó por aquí y les devolvió la nitidez, pero quienes realmente los restauraron fueron las mujeres que vinieron a rezar durante siglos, encendiendo velas que calentaron la piedra e hicieron que el tiempo aminorara el paso. Desde fuera, la vista abarca los tejados donde las cigüeñas regresan cada año, patios con parras en pérgola —«para hacer el vino de casa», explica doña Albertina— y, al fondo, las colinas que acogen el sol al ocaso.
Entre el granito y lo cotidiano
Cete no es aldea ni ciudad —ocupa ese espacio donde se saluda a quien se cruza, pero ya nadie pregunta dónde nació cada uno. Las calles del centro son estrechas, empedradas con piedras que resbalan cuando llueve, flanqueadas por casas de granito donde el musgo insiste en crecer. Al caer la tarde, cuando el sol da de lado, las fachadas cobran relieve —cada bloque parece tallado a mano— y el señor Joaquim, de 84 años, asegura que su padre «ayudó a colocar esa piedra ahí, con cuerdas de esparto y mucha paciencia».
La gastronomía respira lo que la tierra da: el capón de Freamunde, criado en los montes cercanos, huele a leña de olivo cuando está en el horno. La miel de las tierras altas, oscura y densa, se sirve con el pan de centeno que la panadería trae caliente a las siete de la mañana. No hay restaurantes turísticos —está la tasca de José, donde se come lo que él ha traído del mercado, sentado en la misma silla desde 1976.
El sonido del presente
Pasear por Cete es caminar entre tiempos que se entrelazan sin confundirse. Las pinturas murales del siglo XVI conviven con las antenas parabólicas; los jóvenes que estudian en Oporto vuelven los fines de semana y encuentran a sus abuelos en la terraza del café Central, donde el cortado aún se sirve con leche hervida en la taza. La arquitectura tradicional persiste no por decreto, sino porque las maderas de los balcones aguantan una generación más y los hierros forjados aún no han cedido al óxido.
Al final del día, cuando las sombras se alargan, la piedra del monasterio libera el calor que ha acumulado. En su interior, el olor a cera se mezcla con el moho de las vigas —es el perfume que devuelve a quien se marchó a emigrar. Y al salir, el viento trae el aroma de las uvas que maduran en los patios, listas para ser vendimiadas en las primeras mañanas de septiembre. Cete queda así: grabado en el olfato, en el sonido de la campana que dobla a las siete, en la palma de la mano que tocó el granito tibio del atardecer.