Artículo completo sobre Louredo: vinos verdes entre quintas de granito
Pasea por esta parroquia de Paredes entre viñedos en bancales, capillas del XVIII y cocina de ahumad
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La plaza de la iglesia de San Juan Bautista está desierta a media mañana. El sol de junio calienta la cal blanca de la fachada del siglo XVIII y el silencio solo se rompe con el rumor lejano de un tractor. Louredo no se anuncia: se descurre despacio, entre viñedos que bajan en bancales y quintas señoriales que parecen haber estado ahí desde siempre. A 258 metros de altitud, esta parroquia de Paredes respira al ritmo de las estaciones y del calendario litúrgico que aún marca el año.
Donde el laurel bautizó la tierra
El nombre viene del latín lauretum —lugar de laureles—, pero hoy son las vides las que dominan el paisaje. Los registros parroquiales de 1757 son los primeros documentos escritos que se conservan, pero las quintas tradicionales, con sus muros de granito y verjas de hierro forjado, cuentan una historia mucho más antigua. La iglesia matriz, del siglo XVIII, es el punto de referencia: se ve desde la carretera y su torre campanario sirve de brújula a todos.
Hay otras capillas esparcidas. La del Señor de los Pasos, de 1829, donde se cumplen promesas. La de San Antonio, más modesta, en un cruce entre robles. No hay placas turísticas; basta seguir los caminos de piedra entre los campos. Cada recodo guarda una quinta, un prado húmedo, un castañar que alguien del lugar sabe de quién es.
Vinos verdes y cocina de ahumado
Louredo está en la Región de los Vinos Verdes y se nota. Los blancos se beben jóvenes, con ese punto cítrico que corta la grasa del rojão a la manera del Minho. El arroz de sarrabulho es oscuro y espeso: necesita pan de millo para dejar el plato limpio. Las papas de sarrabulho son de las que calientan un día de invierno. En junio, por San Juan, hay cocido a la portuguesa con chouriça de ahumado que estuvo meses en la cocina de leña.
Los dulces son de convento: pão de ló que se deshace en la boca, huevos batidos con azúcar. No hay recetas escritas: se aprende al lado de quien ya sabe.
Entre campos y transición hidrográfica
El paisaje es de transición: entre el altiplano y la cuenca del Támega. Viña, maíz, patata, prados donde pasta el gancho. Los robles y alcornoques dan sombra en los días calurosos. El clima permite dos cosechas al año en algunas parcelas, lo que explica tanta gente en un lugar pequeño.
Caminar aquí es prestar atención: al musgo en los muros orientados al norte, al olor a tierra húmeda, al canto de las codornices cuando madura el maíz.
Memoria grabada en la cal y el granito
Las marchas de junio transforman las calles estrechas en fiesta: arcos de flores, parrillas en la acera, acordeón hasta tarde. Louredo acude a Paredes en las grandes celebraciones, pero es aquí donde se reconoce: las mismas caras, las mismas conversas retomadas, las promesas renovadas.
Cuando las banderas se guardan y la plaza vuelve al silencio, queda el perfume de albahaca pisada y la cera de las velas: olor que se mezcla con la viña en flor, prueba de que aquí cada estación deja huella antes de pasar.