Artículo completo sobre Sobrosa: vino, humo y granito entre viñedos
Pasea entre muros de piedra, prueba tinto de garrafa y capón ahumado en Paredes
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El tañido de la campana llega amortiguado entre los viñedos. Son las siete y media, hora en que el cura repica para quienes aún van a misa. Aquí, a 316 metros de altitud, el granito no «asoma»: se exhibe en los muros que los hombres alzaron a pulso, piedra sobre piedra, para contener las bancales donde las cepas crecen retorcidas por el viento del Marão. El aire huele a humus del castañar mezclado con estiércol que los tractores derraman en la calzada.
Viñedos que no son solo verdes
Hablamos de vino verde, sí, pero lo que se bebe en las casas es el tinto de mesa que don Joaquimo elabora en la lagar junto a la carretera nacional: sin embotellar, servido en garrafas de plástico que las mujeres cargan en el maletero de los Clio. El Capão de Freamunde no «guarda en la despensa». Pende de la chimenea de doña Alda, en la Casa do Leitão, donde cura tres semanas entre el humo de roble y los zapatos que se secan a su vera. Quien quiere llevarse un trozo, se lo lleva. Quien prefiere comer allí, reserva: doce euros el ración, con broa de centeno y grelos salteados con panceta.
La miel no procede de «colmenas locales». La vende José Manuel, que tiene las abejas en lo alto del Carvalhal y acude al mercado del sábado en Paredes. Es oscura, con ese regusto tostado que se queda en la boca: no a todo el mundo convence. Las zarzas no son «bravas», son zarzas como las de cualquier sitio, que arañan las piernas cuando se va a recoger castañas.
Fiestas en las que se pierde la cuenta
Sobrosa no tiene fiestas propias. Se apunta a las de Rebordosa, la parroquia de al lado: la de la ciudad en agosto, con los tambores que retumban hasta las cuatro de la madrugada, y la de San Miguel en septiembre, cuando regresan los emigrantes y las morcillas de carne ahumada humean en los patios. La procesión del Divino Salvador en Paredes es la que las viejas siguen de negro, pero los chicos van a la feria: a ver las corridas en la plaza de toros improvisada y a tomar cañas en el bar del gimnasio.
Gente que se queda, gente que se va
Según el padrón, 320 niños menores de catorce años. En la práctica, son menos: la mitad ya estudia fuera, en colegios de Paredes o de Oporto. Los 492 ancianos se notan más: se concentran en el café Central a las nueve de la mañana, con el café que corta la aguardiente, o en el banco de piedra junto al cruceiro, esperando que el sol caliente la espalda. Marta, de 28 años, trabaja en una tienda de informática de Oporto, pero vuelve cada noche: dice que es para ayudar a su madre, en realidad es porque su novio aún vive aquí. El único alojamiento es la casa de la abuela de Ana, que alquila dos habitaciones por Airbnb. Treinta euros, sin desayuno, pero con derecho a escuchar al gallo a las cinco de la madrugada.
Al caer la tarde, cuando el sol da de lleno en la torre de la iglesia y el granito se vuelve color de miel, Sobrosa huele a leña quemada y a ropa tendida. El vencejo hace ese ruido seco, el perro de Toninho ladra al cartero, el higo maduro cae al suelo y se pudre porque nadie lo recoge. No es espectáculo: es esto, cada día, desde que tengo uso de razón.