Artículo completo sobre Vilela: música de tuba entre granito y monasterio
La Banda de Vilela ensaya desde 1860 bajo tilos centenarios junto al románico de Santo Estêvão.
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El sonido de la tuba en la plaza
La música llega antes que la vista: unas notas de tuba y clarinete se escapan por las rendijas del local de la Banda de Vilela, reverberan en la Praça da República y se pierden entre los paramentos de granito. Es jueves por la noche y, desde 1860 —cuando unos músicos que volvían de las fiestas de San Gens en Friestas la fundaron—, la filarmónica ensaya bajo los mismos tilos, ahora retorcidos por el tiempo. El aire frío de marzo huele a tierra removida de los campos que rodean la aldea, dispuestos para el maíz que aún figura en el escudo municipal. A 288 metros de altitud, el valle del Sousa se despliega en suaves bancales donde la viña del vino verde comparte espacio con las fábricas de muebles de la Zona Industrial do Outeiro.
El monasterio que dio forma a la aldea
En el centro de Vilela se alza el Monasterio de Santo Estêvão, Monumento Nacional cuya iglesia parroquial conserva un pórtico románico del siglo XIII, aunque su fundación se remonta al monasterio benedictino de San Bento, donado por Doña Teresa el 6 de marzo de 1128. La fachada barroca del siglo XVIII —obra de José de Almeida o de su círculo— protege el escudo de José I sobre el portal; en el interior, la nave cubierta por bóveda de cañón renacentista exhibe 38 paneles de azulejo monocromático atribuidos al tallista José de Almeida y fechados en 1716. Las dos sacristías —infrecuentes en templos de este tamaño— guardan arcas de madera noble donde se custodiaban ornamentos bordados con hilo de oro por las monjas agustinas, extintas en 1834. El retablo dorado del altar mayor, de 1745, es también de José de Almeida.
A unos pasos, el Solar da Varziela —propiedad de la familia Sampaio desde 1873— resiste en silencio y en ruina, los sillares manchados de musgo, las ventanas ciegas con carpintería podrida. Es el contraste inevitable entre lo que se preserva y lo que se abandona: Vilela ha elegido el monasterio como ancla patrimonial, mientras otros edificios aguardan un destino incierto —como el antiguo lagar comunitario de la Rua do Calvário, en ruinas desde el incendio de 1998.
Subida al Monte Seixoso
La Capela da Senhora da Saúde ocupa la cima del Monte Seixoso, mirador natural sobre la parroquia y los municipios vecinos. El sendero peatonal —señalizado con placas de madera colocadas por el ayuntamiento en 2017— atraviesa bosquetes de roble albar y pino albar, caminos de pizarra donde la huella se hunde ligeramente y el silencio solo se rompe con el gorjeo de los mirlos. Arriba, la capilla blanca —cal viva, sin ornamentos, reconstruida en 1948 tras el vendaval de 1945— parece un faro terrestre. En los días de cielo despejado se divisa Rebordosa a 7 km al oeste, Lordelo a 5 km al norte, y se entiende la lógica agrícola que modeló este paisaje: parcelas medias de 0,3 ha, muros de pizarra de más de 200 años, arroyos que alimentan huertos y praderas donde pastan las vacas mirandesas introducidas en 2019.
A la mesa con el Capón de Freamunde
Vilela pertenece a la subregión del Sousa dentro de los Vinos Verdes y al territorio del Capón de Freamunde IGP —ave castrada a los 90 días y engordada durante 45 con maíz y centeno producidos en los campos de Vilela y Freamunde, de carne densa y amarillenta. En el restaurante O Molejo (en la carretera nacional 225), el capón se asa lentamente durante tres horas, piel crujiente, acompañado de patata aplastada regada con aceite de Trás-os-Montes y arroz de menudencias con menta de ribera. Rojões a la manera del Miño —con panceta ahumada de Tabuaço—, cabrito asado en horno de leña de roble y cocido a la portuguesa (con chouriço de Amarante) completan las cartas dominicales. Al final, los dulces conventuales rememoran la herencia monástica: huevos-moles según la receta de 1928 de la Confitería Silva, fatias douradas con azúcar flor, arroz con leche espolvoreado con canela de Ceilán. Y siempre, en copa ancha, el Loureiro de la Quinta da Romeira —acidez vibrante de 6,5 g/dm³, ligero perlage, que limpia el paladar entre bocados.
Rituales de madera y latón
Los lunes hay mercado en la Praça da República —instituido por foral de Manuel I en 1515. Puestos de fruta (pera rocha de Lourinhã), queso fresco de cabra (elaborado en Vilela por la familia Costa desde 1982), col de tallo alto y miel de las Tierras Altas del Miño DOP —ámbar espeso, perfumado a brezo y castaño— se extienden bajo lonas azules. Mujeres mayores intercambian noticias en voz baja sobre el funeral de Doña Alda; padres jóvenes empujan cochecitos entre los puestos. Esta es la Vilela cotidiana, lejos de las fiestas de junio (Divino Salvador en Paredes) o agosto (Salvador de Lordelo), cuando la Banda desfila en uniforme azul marino con galones dorados y los cohetes suben hasta 120 metros de altura.
En las afueras, el showroom de Movempresa —fundada en 1978 por Joaquim Empis— exhibe mesas de roble americano macizo, sillas torneadas en el torno automático alemán de 1962, armarios lacados con pintura al agua. La industria de la madera —representada por el tronco verde en el escudo— da empleo al 34% de los 4 739 habitantes (dato del ayuntamiento de 2022). El olor a barniz acrílico y serrín de roble impregna la Rua do Outeiro al caer la tarde, se mezcla con el humo de las chimeneas que empiezan a encenderse cuando el sol se pone tras el Monte Seixoso.
La última luz del día da en la torre campanario del monasterio y arranca reflejos dorados al granito. Dentro de la sede de la Banda, los músicos guardan los instrumentos en estuches forrados de terciopelo rojo desgastado —el clarinete de plata de Joaquim Pinto tiene 120 años y fue comprado en 1903 al fabricante belga Eugène Albert. Afuera, el eco de las últimas notas se disuelve en el aire frío. Queda el silencio —y, al fondo, el sonido lejano de un martillo neumático golpeando contra madera contrachapada en la fábrica del Outeiro, que solo cierra a las 22:00.