Artículo completo sobre Croca: el pueblo donde la campana mide el tiempo
Penafiel guarda este rincón con arroz de sarrabulho y silencio de viñedos
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El sonido del mediodía
La campana de la iglesia de São Miguel da el mediodía y nadie mira el reloj. En Croca, la hora es esa: el bronceo que se desliza por las tejas y muere entre las viñas, como un gato que se despereza al sol antes de dormir. El padrón dice mil setecientos noventa y dos almas, pero parecen menos. Tal vez porque la mitad está en la huerta, la otra en la taberna, y nadie pierde el tiempo en contabilidades.
La iglesia lleva ahí desde que los abuelos de nuestros abuelos tenían abuelos. Fuera, piedra y cal; dentro, un fogonazo de oro que deja cegato. Cuando llega la festa —finales de septiembre, nunca se sabe qué fin de semana hasta que consultas a la tía de la panadería—, la plaza se llena de gente que ya se conoció toda la vida. Hay sardina, chorizo, vino tinto que no necesita etiqueta y un grupo que toca canciones sin nombre que todos tararean. La procesión baja, sube, vuelve a bajar, y el arcángel San Miguel parece más cansado que nosotros: debe ser el peso de la espada.
Lo que se come
No hay misterio. El arroz de sarrabulho lo hace don Augusto: sangre del cochino de ayer, pimentón que su mujer guarda en un bote de café, y un chorrito de blanco si sobra. El rojão lleva colorau que tiñe el plato y la conversación —aquí no se discute política con la boca llena de patata cocida. El vino es de aquí, ácido como la vecina Rosa, pero tras el segundo vaso hasta ella sonríe. El postre es llegar a la panadería antes de las once: si tardas, no quedan papos-de-anjo y te toca esperar a la semana que viene.
Sin señales
Caminar por Croca es seguir la nariz. No hay placas, ni flechas, ni rotondas. Hay un camino de tierra que sube hasta la viña del señor Albino, baja hasta la ribera y luego decide por sí solo. La ribeira de Croca es tan discreta que casi olvida su propio nombre; corre entre zarzas, arrastra una botella de plástico y, si el invierno es generoso, una o dos ranas. Lleva prismáticos: no hay aves raras, pero sí el mejor silencio del municipio.
Cuando cae el sol
Cuando el sol se pone tras el monte, el humo de los secaderos sube derecho, como un alma pidiendo limosna. Siéntate en el muro de la iglesia, deja que el granito te desgaste la espalda y espera. No va a pasar nada; precisamente eso es lo que se viene a buscar.