Artículo completo sobre Eja, la parsimonia del vino verde entre granito
Palacio manuelino, viñas en minifundio y silencio que olvida el reloj
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La ladera respira despacio. En el valle del Sousa, donde el granito aflora entre viñedos bajos y muros de piedra suelta, Eja se extiende sin prisa: 863 vecinos (INE 2021) repartidos en 492 hectáreas donde el verde de los vinos verdes se funde con el gris de las casas viejas. El silencio no es ausencia: lo puntea el rasgueo de la azada en la tierra, el ladrido lejano de un perro, el viento que peina las cepas en hileras paralelas a la curva del terreno.
Piedra que lo vio todo
El Palacio de Eja, Monumento Nacional desde 1978, se alza en la parte alta de la parroquia. Levantado en el siglo XVI para D. João de Menezes, señor de la villa de Penafiel, conserva una portada manuelina que sobrevivió a las invasiones francesas y a la desamortización de 1834. La piedra de Ancora que lo revistió vino de la cantera de Paradela, a 3 km; la llevaron bueyes durante tres meses, cuentan los mayores. Hoy está vacío, pero el escudo de Meneves se lee cuando el sol da de lleno por la mañana.
La densidad oficial habla de 175 hab./km², pero eso engaña: Eja no se aglutina, se dispersa. Las casas nacen a lo largo de 11 km de carreteras municipales: la CM1061 une la EN15 (junto al río Sousa) con la aldea de Eiriz, pasando por el lugar de Eja de Cima, donde solo residen 23 personas. De las dos viviendas de alojamiento local registradas en el ayuntamiento, una es la Casa da Eira: antigero espiguero rehabilitado en 2019 por una pareja de Oporto que vino a plantar olivos.
Vino y generaciones
Las 42 ha de viña (datos DRAPNorte 2022) se reparten entre 38 propietarios. La mayoría tiene menos de una hectárea, lo que explica que vendan la uva a la Cooperativa de Penafiel, fundada en 1958, donde José Ferreira, 72 años, lleva las cajas cada lunes de septiembre. Las variedades son las de siempre: Loureiro para el blanco, Vinhão para el tinto. En el lugar de Calvos, doña Albertina aún elabora el vino en el lagar de granito de su padre: 600 botellas anuales que guarda en la bodega de techo de pizarra.
La demografía es implacable: 109 niños (0-14 años) frente a 189 mayores (65+). La escuela primaria cerró en 2009; ahora es centro de día dos veces por semana. Cuando la campana de la iglesia de São Martinho dobla a las 11.30 (el párroco de Penafiel llega en coche), se reúnen 15 personas en la explanada. En el café «O Sousa», abierto desde 1983 por Armando y María, sirven caldo verde los viernes, pero hay que pasar antes de las 13 h, porque después él se va a la viña.
Lo que permanece
A las 18 h, cuando la luz rasante incendia las fachadas orientadas al oeste, se adivinan los tejados de teja marsellesa que sustituyeron al paja entre 1960 y 1980. En el lugar de Eiriz, el molino de agua do Couto se paró en 1974; hoy solo queda el canal de granito que llevaba el agua a la levada. Pero el paisaje se sostiene: los bancales de piedra en seco que construyó el abuelo de Adelaide aún aguantan las viñas, ahora con alambre, porque ya nadie tiene tiempo de ir a buscar zarzas al monte.
Apoyado al muro de la carretera municipal, con el valle del Sousa extendido en capas de verde y gris hasta la sierra del Marão, se comprende que Eja no se ofrece: se deja descubrir, centímetro a centímetro, al ritmo de quien camina sin rumbo fijo y halla, en la propia lentitud, la única urgencia que merece la pena.