Artículo completo sobre Oldrões: vino verde entre granito y silencio
Penafiel esconde este pueblo donde la vid marca el ritmo de la vida
Ocultar artículo Leer artículo completo
La carretera sube retorcida entre muretes de granito y escaparates, donde las vides parecen plantas tercas que no sueltan presa. En Oldrões, a 215 metros de altitud, el aire matutino huele a tierra removida y advierte que alguien ha madrugado más que tú. Sus casi dos mil habitantes se reparten en cuatrocientas hectáreas donde el tiempo se cuenta en vendimias, no en horas.
Entre viñas y piedra que lo ha visto todo
El terreno ondula despacio; casas de granito se mezclan con otras de ladrillo que fueron apareciendo cuando algún vecino ahorró lo suficiente para ampliar. Hay 285 niños correteando y 297 ancianos custodiando el banco de la iglesia: un equilibrio frágil como una copa de vino en la barra de un bar.
En algún rincón hay algo catalogado, pero nadie acierta a decirme qué. Puede ser la capilla, el cruceiro o el muro del huerto del señor António; uno pasea, distingue una placa desgastada y comprende que aquello es más viejo que los bisabuelos.
Vino verde que no es para postales
Las viñas no están ahí para adornar: son el sustento. Suben y bajan como el terreno permite, unas en emparrado, otras en espaldera, según la terquedad del dueño y no de ningún manual. En verde, provocan sed solo de mirar; en otoño, los racimos parecen gotas de rocío enganchadas a la sarmiento. El vino que nace aquí se bebe en la mesa, no se guarda en la bodega: fresco, con esa burbuja que hormiguea en los labios, como mandan las normas de la comarca.
Oldrées cuenta con dos casas rurales registradas, pero no es eso lo que atrae. Quien se queda tiene familia o se ha perdido de camino a otro sitio. No hay miradores panorámicos ni senderos señalizados; hay el panadero que pasa a las nueve en punto, la tienda de ultramarinos que cierra a la hora del almuerzo y la tasca donde el vino de la casa se sirve en jarra de barro.
Cuando el silencio es ruido
Al atardecer, cuando el sol se escurre tras las fachadas y tiñe todo de oro, el silencio de Oldrões no es tal. Es una puerta que golpea, el perro del señor Joaquín ladrando al cartero, la furgoneta de Cándida que arranca a tirones. Te plantas en el cruce y lo entiendes sin explicaciones: es una aldea que sigue viviendo, vendimia tras vendimia, con el granito resistiendo y las viñas preparadas para brotar de nuevo en primavera.