Artículo completo sobre Perozelo: el silencio que sabe a vino verde
Entre viñas y granito, un pueblo donde el tiempo se bebe en copas de acidez antigua
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El empedrado serpentea entre muros de granito. Huele a tierra mojada y a leña. El valle del Sousa se despliega en viñedos. Perozelo está a 277 metros. Se ven las vides, los bancales de pizarra, la luz que cambia.
Parroquia de los Vinhos Verdes. 1317 habitantes. Las viñas marcan el calendario. No hay enotecas. Hay adegas familiares donde se hace vino como siempre: con uvas propias, manos que conocen el oficio y acidez que no se ha perdido.
Piedra que habla
Cuatro edificios catalogados. Tres iglesias y una casa señorial. No hay placas. Las piedras tienen fecha: 1755, 1872, 1623. Las fachadas muestran el paso del tiempo: granito resquebrajado, agua que ha corrido, líquenes en las juntas.
213 niños. 193 mayores. Hay bicicletas en los portones. Casas cerradas. Patios que vuelven al monte.
Entre el verde y el granito
400 hectáreas. Caminos rurales sin señalizar. Muros de piedra suelta. Tractores a la puerta. Perros que ladran pero no muerden.
Fumeiro de Basto. Broa de millo. Rojões con vino verde en las fiestas. No hay restaurantes. Hay quien mata el cerdo en diciembre. Quien hace el pan en el horno comunitario. Quien sabe distinguir la Azal de la Loureiro por la hoja.
El peso del silencio
No hay miradores. No hay senderos. No hay cafés. Hay una taberna que abre cuando abre. Vende café y cerveza. Cierra a las nueve.
A las siete, la campana de la iglesia repica. Un sonido que atraviesa el valle. Dice que aquí aún hay gente.