Artículo completo sobre Rio Mau: vino verde entre muros de granito
Penafiel se respira en esta parroquia donde la vid y el maíz dibujan el valle
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El granito húmedo de la carretera comarcal M-536 devuelve la luz de la media mañana. A menos de quince kilómetros del centro de Penafiel, el valle del Sousa dibuja una geografía de laderas suaves donde la vid se mezcla con el maíz y los prados de regadío. Rio Mau pertenece a ese territorio donde la densidad de población —218 habitantes por kilómetro cuadrado— todavía permite que las casas respiren, separadas por muros de piedra y huertos que bajan en bancales hasta los arroyos.
La parroquia se reparte en 6,15 km² de terreno ondulado, a 187 metros de altitud. Es la cota justa para notar el aire más fresco al atardecer, pero no tanto que el invierno se instale con peso. Sus 1 340 vecinos se agrupan en pequeños núcleos —algunas viviendas conservan los balcones de madera oscura típicos del Baixo Tâmega, otras ya han sido renovadas con el hormigón y el aluminio de las últimas décadas—.
Vinho Verde y territorio
Rio Mau forma parte de la Región Demarcada de los Vinos Verdes desde 1908. Aquí las viñas crecen en espalderas o en cordón, sostenidas por pies de granito o, más recientemente, por postes de cemento. El suelo granítico y el clima atlántico —1 200 mm de lluvia anual y veranos suaves— favorecen las variedades blancas como Loureiro y Arinto. Las adegas familiares, pequeñas construcciones anexas a las viviendas, guardan pipas de 500 litros donde el vino fermenta y reposa. El olor a mosto impregna el aire en septiembre, mezclado con el humo de las primeras chimeneas.
El paisaje agrícola conserva un cierto mosaico de cultivos. En los terrenos más bajos, junto al arroyo del Riso y al río Mau, el maíz aún se siembra en abril. En los prados, el ganado pasta entre marzo y octubre. Las huertas domésticas, casi siempre presentes, producen col portuguesa, nabo, judía verde. Es una agricultura de subsistencia que complementa ingresos procedentes de Penafiel o de Oporto, a media hora por la A-4.
El día a día de una parroquia del interior
Los datos del INE de 2021 cuentan una historia conocida: 157 menores de catorce años y 283 mayores de sesenta y cinco. El envejecimiento se adivina en los rostros que se cruzan junto al Café Central, en la calle de la Iglesia, o a la salida de la misa del domingo en la iglesia de San Pedro. Pero también hay niños en las paradas del bus escolar a las 7.45, familias jóvenes que optaron por quedarse o regresar. Los seis alojamientos turísticos registrados —apartamentos y casas— apuntan a un turismo discreto, de fin de semana o de quien busca la proximidad al valle del Sousa sin el estrépito de las rutas más trilladas.
La carretera que atraviesa Rio Mau enlaza pequeñas aldeas donde los nombres de las calles rara vez aparecen en placas. Aquí se orienta por referencias: la casa de los Oliveira, el cruceiro de 1892, la capilla de San Sebastián. El granito —ese granito omnipresente del Douro Litoral— levanta muros, cimientos, cruceiros, abrevaderos. La piedra absorbe el calor del sol en verano y transpira humedad en invierno. Se toca áspera, rajada por el tiempo, manchada de líquenes amarillos y musgo verde oscuro.
Al caer la tarde, cuando el sol se pone tras el Monte de Crasto, el silencio de Rio Mau no es vacío: es denso de sonidos pequeños. El cencerro de una cabra, el motor de un tractor a lo lejos, el grito de un ratonero común. La luz dorada recorta las siluetas de los chopos junto al arroyo. Queda el olor a tierra mojada, a leña, a piedra fría.