Artículo completo sobre Balazar: donde el Miño deja la niebla y la aldea respira
Un rincón del Norte portugués que se niega a ser postal y sigue siendo vida
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La niebla sube del Miño como quien no lleva prisa y Balazar queda ahí suspendido, a cien metros de altitud, entre el mar que no se ve y la tierra que aún se trabaja. El censo habla de 2482 almas, pero quien pasa por aquí sabe que la cifra varía según la estación: hay veranos en que los hijos regresan y la aldea dobla su tamaño, y años en que solo quedan los que ya estaban antes del 25 de Abril.
La campana de la iglesia no marca las horas: repica cuando llega el sacristán, lo que significa que a veces lo hace a las once y media, otras al cuarto de doce. Vale. Abajo, en el café del señor Artur, el café solo sigue costando sesenta céntimos si te lo bebes antes de que él limpie la máquina. No es tradición, es costumbre. Como el olor a humo de leña que se te mete en la chaqueta cuando el Norte decide ser Norte de verdad.
El Camino que aún es tierra
El Camino de Santiago pasa por aquí, sí, pero no esperes placas para selfies ni bares con “menú del peregrino”. Lo que hay es un tractor en la curva que te empujará fuera del camino si no te apartas, y un perro que ladra desde 1987 sin perder el entusiasmo. El que viene andando pide agua en la fuente del pueblo y se lleva un vaso lleno y media docena de informaciones sobre la vida: cuánto ha llovido, quién ha muerto, cuánto cuesta el abono este año.
La romería de la Señora de la Salud, en junio, se sigue haciendo como cuando aún no había rotondas: bajo el sol o la llovizna, con los pies doliendo y la esperanza en el bolsillo. Al final se come sardina con pan de millo y se bebe vino blanco que el párroco bendice deprisa, porque el fogón está quemando la plancha y hay cola.
El paisaje que aún sirve para algo
Aquí se dice que el espacio forma parte del Parque Natural del Litoral Norte, pero a nadie le va mucho: lo que importa es si la hierba alcanzará para la vaca hasta diciembre y si el maíz resiste el moho. Los muros de piedra suelta se levantan cada año: se caen tres piedras, se ponen dos, queda equilibrado. Vale.
Las viñas son de las que dan uvas para el vino que se bebe ya, no para guardar. Las parras son bajas, para alcanzar sin escalera, y los racimos aparecen al final del verano con el mismo tono verde hierro que la bicicleta del señor Albano, que nadie recuerda haberle visto comprar.
Dormir sin que te traten de turista
Hay tres casas que alquilan habitaciones: una es de Joaquim, otra de la hermana de Joaquim, la tercera de un primo que se fue a Suiza y volvió con ideas. Ninguna tiene spa ni yoga al amanecer. Tienen cama de hierro, manta de lanilla y una tetera que silba como si fuera la última del mundo. El silencio es tal que se oye el reloj de pared de la casa de al lado —y es de la vecina, que tiene 92 años y jura que el reloj es de 1962 y nunca ha pasado por taller.
La tarde que ya conoce el final
Cuando el sol se esconde detrás del castaño del corral, el frío baja sin avisar. Se encienden luces de presión en las cocinas, ese amarillo viejo de bombillas que ya no se fabrican. El olor a col cocida se mezcla con el de la tierra que aún conserva el calor del día.
Mañana volverá la niebla, el gallo se equivocará de hora, el café abrirá a las siete y media —o a las ocho, si al señor Artur se le olvida apagar el despertador—. Y Balazar seguirá ahí, entre el mar que no se ve y la sierra que no se olvida, contando los días por la altura del maíz y las estaciones por el color del granito.