Artículo completo sobre Roriz: granito milenario y viñedos verdes
El románico de San Pedro y el aroma de los Vinhos Verdes en Roriz, Santo Tirso
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El sonido del granito al despertar
El sol aún no ha calentado el granito cuando la campana de la iglesia parroquial de San Pedro rompe el silencio matutino. Roriz despierta despacio, al ritmo de quien nunca ha necesitado apresurar los días.
En el corazón de la parroquia, el pórtico románico del Monasterio de San Pedro de Roriz se alza desde el siglo XI. Las arquivoltas desgastadas conservan motivos vegetales casi borrados. Declarado Monumento Nacional, permanece ahí impasible, ajeno al paso de los siglos.
El Camino de Santiago Portugués Central atraviesa Roriz. Los peregrinos paran en la fuente para llenar cantimploras, se sientan a la sombra de los robles para descalzarse las botas. El paisaje es una sucesión de valles verdes, surcados por arroyos que desembocan en el Ave. Entre campos de cultivo, bosques de eucalipto cuyo olor resinoso se mezcla con el aroma de la tierra.
Los 201 metros de altitud confieren un clima templado. Los viñedos de la subregión de los Vinhos Verdes se extienden en emparrados tradicionales. Al caer el día, la Capilla de San João do Carvalhinho se convierte en mirador. Desde ahí se divisa la transición entre el valle del Ave y las primeras elevaciones de la sierra de Cabreira.
Fuegos y fogones
Agosto trae la Fiesta de Nuestra Señora de la Asunción. La Romería de San Benito reúne fieles en misa de campaña. La Fiesta de San João do Carvalhinho conserva hogueras en forma de cruz, encendidas al anochecer.
En las tascas, papas de sarrabulho humeantes, rojões a la manera del Minho, feijoada espesa en cazuelas de barro. El pan de maíz artesanal, embutidos caseros y quesos de la zona llegan a las mesas como siempre han llegado.
Los 3.308 habitantes se reparten en aldeas dispersas. Los mayores conocen cada curva del camino, cada piedra del monasterio. Guardan en la memoria el sabor exacto de las cavacas de su infancia.
Cuando la tarde declina, el pórtico románico recibe la última luz del día. El granito se calienta levemente al tacto, como si devolviera el calor acumulado durante novecientos años.