Artículo completo sobre Coronado: entre el Ave y la memoria de Trofa
Río, parras y viejas escuelas en la parroquia donde Oporto se queda sin ciudad
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El sonido llega antes que la imagen. Un perro ladra a lo lejos, se oye el ronroneo sordo de un tractor que remonta un camino entre muretes, y, debajo de todo —constante, casi subliminal—, el murmullo del agua. Coronado se extiende apenas a cien metros de altitud, en esa llanura suave donde el río Ave ordena el paisaje y la vida, y donde la humedad matutina se pega a la ropa y al pelo antes de que el sol corte la niebla fina que flota sobre los campos. Estamos en Trofa, a media docena de kilómetros del centro de Oporto, en una parroquia surgida de la unión de dos núcleos antiguos —São Romão y São Mamede— que alberga a 9 104 personas repartidas en casi once kilómetros cuadrados. Tierra fértil, sin duda, pero sobre todo tierra vivida de un modo que ya no es del todo campo ni tampoco ciudad.
Dos parroquias, un territorio
La fusión administrativa no borró la dualidad que se palpa en el terreno. Hay dos centros, dos atrios, dos memorias parroquiales distintas que aún marcan cómo los vecinos se refieren al lugar donde viven. Casi 830 personas por kilómetro cuadrado: mucha tela para aquí. No es campo abierto, tampoco urbe. Es ese espacio intermedio tan característico del litoral minhoto, donde la casa de dos plantas con huerto se arrima a la carretera nacional, donde la parra de enforcado trepa por el muro del vecino, donde el supermercado y la ferretería conviven con las eras de maíz y las colinas de coles.
Las escuelas están ahí —1 238 niños lo certifican— y los patios aún retumban al mediodía. Pero también hay 1 686 personas mayores de 65 años, muchas de las cuales nunca han cambiado de parroquia. Eso es lo que da a Coronado esa sensación de lugar con raíces: hay quien mira los mismos montes desde hace 80 años y ve allí toda su vida.
La huella de las Dores
La Festa de Nossa Senhora das Dores es cuando Coronado se hace denso. No es una cualquier fiesta de pueblo: es el momento en que el calendario litúrgico manda sobre el social. La procesión baja por las calles, los cohetes estallan, las churros humean y el vino verde corre por las copas sin ceremonia. Es la frontera entre el verano y el resto del año, la excusa para que quien se marchó vuelva a casa y las mesas se alarguen. Sin esta fiesta, el año quedaría incompleto: así de simple.
Camino del Norte: Coronado como tránsito
El Camino de Santiago pasa por aquí y ha empezado a dejar marca. No con hoteles y souvenirs: Coronado tiene registrados dos alojamientos, un apartamento y una casa, ambos en viviendas particulares. Quien duerme aquí lo hace en un cuarto con cortinas escogidas por la dueña y un colchón que cruje al girarse. Es hospitalidad en el sentido antiguo: acoger dentro de casa. Para el peregrino, es una pausa a media altitud antes de subir hacia Barcelos. Para Coronado, una forma de formar parte de una geografía mayor sin dejar de ser lo que es.
Entre la viña y el asfalto
La viña está por todas partes, pero no es paisaje postal. Es viña de emparrado junto a las casas, sube por alambres entre postes de granito, aparece donde menos se espera: en el resalte de un bloque, al lado de un garaje, en un triángulo de tierra entre dos carreteras. El vino es para consumir, para regalar, para llevar al almuerzo del domingo. No es viticultura de prestigio: es viticultura de quien no sabe vivir sin ella. La altitud modesta y la proximidad del Ave hacen el resto.
El sonido que se queda
Al caer la tarde, cuando la luz se vuelve color naranja viejo y las sombras de los muros se alargan, Coronado entra en una especie de respiración lenta. Los tractores ya han recogido. Los niños están en casa. Queda el ladrido intermitente de los perros, el tintineo lejano de una campana —São Romão o São Mamede, ya no se distingue— y aquel murmullo persistente del agua en algún lugar bajo todo. Ese es el sonido que uno se lleva de aquí. No la imagen, no el sabor, sino el sonido grave y continuo de un río que discurre sin prisa bajo una parroquia que ha construido toda su vida a orillas de él.