Artículo completo sobre Covelas: donde el lagar huele a uva pisada
En Trofa, la parroquia guarda el último lagar comunitario y sella credenciales en papel de lino.
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El sonajero de los mascarados despierta la Rua do Cruzeiro a las cinco de la madrugada: no es ganado, sino Zé Luís dos Santos con su acordeón de fuelle roto heredado del abuelo. Las piedras de la Rua de São Bento aún conservan el frío de la noche, pero ya huele a humo de roble que Doña Rosa echa a la lumbre del Café Central. Aquí, a 128 metros de altitud, entre los bancales de la Quinta das Castanheiras y la arboleda de carvalho-alvarinho detrás de la Capela de Nossa Senhora do Desterro, el calendario rural se agarra a gestos que el asfalto de la EN104 no ha borrado: pisar uvas descalzo en el lagar comunitario de la Rua do Monte, llenar cántaros en la acequia del Río Ave, encender la hoguera la víspera de la romería junto al Crucero de 1873.
El sello de lino y los pies desnudos en el lagar
Covelas aparece documentada en 1220, en un foral de Sancho I escrito «Covellas》: pequeñas depresiones donde hoy nacen los viñedos de la familia Gomes da Silva. La parroquia conserva una doble rareza: es punto de paso del Camino Portugués de la Costa a Santiago, donde el párroco Américo Silva aún estampa el sello parroquial en papel de lino fabricado en las fábricas de Vila do Conde, y posee el lagar comunitario de la Rua do Monte, el último en activo en Trofa. En septiembre, los vecinos bajan con cubos de uva Loureiro de las parcelas de la Quinta do Outeiro —propiedad de los Magalhães desde 1923— y las pisan en pelota, piel contra orujo, una tradición que ni el cemento del Largo do Coreto ha extinguido. La aguardiente envejece en toneles de roble en la bodega de la Cooperativa Agrícola, y el vino verde Loureiro —ligero, ligeramente gasificado, con acidez de lima— llega a la mesa del restaurante O Tília junto a los rojões adobados con pimentón de la bola de Doña Lurdes.
Nuestra Señora de los Dolores y los altares floridos
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Dolores se alza en el Largo do Coreto, edificio del siglo XVIII catalogado como Bien de Interés Público desde 1982. En su interior, el retablo barroco en talla dorada del escultor André Soares atrapa la luz de las candelas de sebo compradas en la tienda de Don Antonio a la entrada del pueblo. La romería se celebra el domingo siguiente al 15 de agosto: misa solemne a las 11 h con la coral «As Dores», procesión con anda adornada de claveles blancos adquiridos en el mercado de São Mamede de Infesta, bailoteo en la plaza con los bombos de la Sociedad Musical y la sopa de la feria servida por la Asociación Cultural y Recreativa —caldo humeante en cuencos de barro de la alfarería de Mamede de Infesta, comido de pie, con broa de maíz del horno de Doña Alice aún caliente. En mayo, el «Mes de las Flores» transforma las esquinas de la Rua Direita y de la Rua da Igreja en altares cubiertos de pétalos de rosas de la huerta de Doña Guida, y los canteos a capela retumban entre las casas de pizarra restauradas por el ayuntamiento en 2019.
Cerca, la Capela de São Sebastião —construida en 1723 tras la Peste de 1720— guarda azulejos del sesentismo portugués, mientras los hórreos de granito junto a la Estrada da Senhora da Graça —estrechos, ventilados, cubiertos de musgo— atestiguan la arquitectura minhota que almacenaba el maíz lejos de la humedad.
Senderos entre viña y río
El Camino Portugués de la Costa atraviesa Covelas por carreteras de granito y caminos rurales, ofreciendo 8 kilómetros entre los pomares de la Quinta da Bouça y los lagares de piedra hasta São Martinho de Recezinhos. El Río Ave marca el límite sur, creando zonas húmedas donde anidan garzas reales y el mirlo acuático canta al atardecer junto al azud de Covelas. La Quinta do Outeiro —propiedad de la familia Magalhães desde que el abuelo compró los terrenos al Conde de Margaride en 1923— abre visitas guiadas los viernes a las 16 h. Se puede catar Loureiro entre las vides, con el valle bajando en escalones verdes hasta la línea de agua donde los pescadores capturan barbos y bordallas. Para quien prefiera pedalear, la Ruta del Ave une Covelas con el río en 12 kilómetros de tierra batida, entre eucaliptales de la SCA y viñedos que cambian de color según la estación: verde intenso en abril, dorado en octubre cuando llega la vendimia.
Dulce de huevo y masa frita
En la mesa, además del arroz de sarrabulho del restaurante O Tília y los rojões à minhota del Café Central, destacan los «sapos de masa» —pequeños pastelillos fritos rellenos de dulce de huevo según la receta de Doña Amélia, crujientes por fuera, húmedos por dentro. El bizcocho de Covelas, esponjoso y amarillo-yema, se come aún tibio el Domingo de Resurrección en la Pastelería Silva, deshecho con los dedos, acompañado de un copazo de aguardiente viejo de la bodega de Don Joaquim.
Al caer la tarde, cuando la campana de la iglesia —fundida en 1892 en la fundición de São Gens de Oliveira— toca las avemarías y el humo de las chimeneas sube recto en el aire inmóvil, Covelas se revela en el detalle más simple: la huella de barro seco que deja las botas de un peregrino sueco en el atrio, el eco del sonajero de Zé Luís que resuena aún en la Rua do Cruzeiro, el sabor a orujo en la lengua tras pasar por el lagar. No hace falta buscar lo extraordinario: está en la textura del granito de los escalones de la iglesia, en el peso del racimo de Loureiro de la viña de Don Alfredo, en el gesto de Doña Rosa que mete la broa en el horno del Café Central a las cuatro de la madrugada.