Artículo completo sobre Mindelo: dunas, saveiros y tren del 75
En Mindelo, Vila do Conde, el tren de 1875 roza dunas que esconden acuíferos, saveiros con velas pintadas y procesiones que aún huelen a sardina y sal.
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La vía férrea parte Mindelo en dos, rozando la arena. Cuando el tren frena en la apeadera de madera —esa que parece a punto de desmoronarse pero resiste desde 1875—, quien va en el lado oeste vislumbra los palheiros como si contemplara una postal al revés. Al otro lado, el pinar resiste el viento y las dunas se agarran a la tierra como quien no quiere pagar el alquiler. El olor es el de siempre: sal, resina y, si la marea está alta, un fondo de fango que recuerda a las sardinas que aquí se comían cuando aún las había.
El agua que discurre bajo la arena
Las dunas no sirven solo para la foto. Debajo, una lámina de agua dulce abastece media comarca —y la APA la vigila como quien protege la cena del domingo. Las pasarelas de madera no son decorativas: evitan romper el cordón y dejar que el mar entre por la ventana del vecino. Desde el mirador, los prismáticos del Centro de Interpretación permiten avistar el correlimos gordo, un bicho que parece dibujado por un niño indeciso. La reserva de 1957, la primera de Portugal en entrar en la lista Ramsar, empezó aquí —antes de que Ramsar fuera tendencia.
Iglesias, saveiros y procesiones que aún no han perdido la fe
La iglesia de São João Batista se alza en mitad del salón: portal sin pintura, campanario con azulejo de la época de nuestros abuelos. En el atrio, el crucero de granito resiste el viento como quien aguanta a la suegra —firme, sin quejarse. Más abajo, la capilla de Nuestra Señora da Guia guarda exvotos de pescadores que prometieron y cumplieron (o casi). La de São Bento, en Vairão, tiene talla dorada de José de Almeida: ángeles regordetes y parras que parecen subir a las columnas solo para ver la misa.
En la segunda semana de julio, el Señor de los Navegantes baja a la playa. Los saveiros se visten de gala —velas pintadas, retamas en el mástil— y la concertina suena como si el acordeón se hubiera inventado allí mismo. La sardina se fríe en la brasa y su olor se mezcla con el salitre, como siempre.
Lo que se come (y no se olvida)
La caldeirada de anguilas es ley en las fiestas de São Bento: tomate, menta y pan de maíz que se parte con las manos. El arroz con sardina, azafrán de la tierra y calabacín de la huerta, sabe a abuela incluso si no la tuviste. En junio, los bolinhos de São João —boniato frito y canela— se venden calientes en la calle, y nadie salta la hoguera sin llevarse uno en la mano. El vinho leveiro, hecho con lo que da la viña, se sirve fresco y medio aturdido: no es para guardar, es para beber.
Ocho kilómetros que merecen la pena
El Camino de la Costa une la Capela da Guia con la Praia de Árvore —ocho kilómetros que empiezan en asfalto y acaban en arena. Se pasa por el estuario, se sube a la duna, se baja al pinar. A mitad de camino, un búnker de la II Guerra Mundial hace de banco para quien ha traído el bocadillo. En los días claros, desde lo alto de Guia, aparece el arco de Santa Catarina como quien no quiere la cosa —y todo el mundo finge que no está mirando el móvil.
Cuando el tren pita para marchar, queda la sal en los labios, la ceniza de la sardina en el dedo y la certeza de que Mindelo sigue ahí, entre el mar y el pinar, fingiendo que el tiempo no pasa.