Artículo completo sobre Modivas: el pueblo que se abre sin llamar
Casas sueltas, fiestas de San Juan y caminos de peregrinos en Vila do Conde
Ocultar artículo Leer artículo completo
El sendero baja entre muros de piedra cubiertos de musgo, tan estrecho que, al cruzarse con otro peregrino, toca elegir: uno de los dos se aplasta. Al fondo, el verde de los campos se abre en manchas irregulares —maíz, viñedos bajos, huertas cercadas por setas que parecen hechas de pelos de abuela. Modivas no se anuncia. Aparece. Como quien entra en casa de un amigo sin llamar: ves casas sueltas, una capilla blanca aquí, otra allá, y te das cuenta de que, en realidad, ya estás dentro.
Medida y memoria
El nombre viene del latín modus —medida, división—. Cuenta la historia que, desde el siglo XIII, se reparte la tierra a escuadra y cartabón. Pero lo que te digo yo es que, hoy mismo, si entras en el bar del señor Arménio, te enseña en Google Earth dónde está la parcela de su abuelo. No hay centro monumental, no hay plaza señorial. Modivas es esa sensación de que todas las caras se conocen de vista —y si no, es que son peregrinos.
El ritmo de las fiestas
Cuatro celebraciones marcan el año. No es mucho, pero basta para que los pies descansen del tajo. En junio, la de San Juan es así: hogueras que se ven unas a otras, sardinas que echan tanto humo que apartan las nubes y un olor a ajo que se queda en la camisa una semana. Las bandas de música tocan pasodobles que todo el mundo tararea —incluso los críos de Lisboa que vienen de vacaciones a casa de la abuela. No hay espectáculo. Está el Zé do Pipo, que recuerda que en 1987 llovió a cántaros durante la procesión, y la Teresa que confirma: «Fue, señora, yo iba con los zapatos nuevos».
Territorio de paso
Formas parte del Parque Natural del Litoral Norte, pero nadie te pedirá entrada. El Camino de la Costa atraviesa la parroquia como quien atraviesa una cocina en busca de la nevera: va derecho, pero distraído. Los peregrinos paran en las fuentes, llenan botellas, preguntan si queda mucho para Vila do Conde. Les dices «media hora» cuando sabes que son cuarenta minutos a paso ligero. El paisaje no es de esas que se ponen en postales: suave, ondulada, con viñedos que parecen alfombras verdes tendidas al sol. El vino verde que sale de aquí tiene esa acidez que cosquillea la lengua —se bebe en copa pequeña, deprisa, antes de que pique.
Sabor del día a día
No hay restaurantes. Está doña Fernanda que, si llamas a su puerta a la hora justa, te sirve caldo verde con broa de maíz que ella misma calienta en la cocina. La gastronomía es lo que se come cuando se tiene hambre: rojões que chisporrotean en la sartén, bacalao que se desmenuza con las manos mientras se habla del tiempo y un vino que no pregunta por la procedencia. En el horno comunitario aún se hornea pan de maíz denso —ese que se parte por la mitad y muestra una miga húmeda que sabe a tierra y a leña.
Al atardecer, cuando la luz se inclina como quien se va a dormir, se oyen tres campanadas. Son de la capilla de San Bento, pero podrían ser de cualquiera. Los perros ladran al unísono, como discutiendo quién pasa el siguiente. Te llega el olor a tierra mojada y a estiércol: es el perfume de la casa, el que te dice que aquí el tiempo no tiene prisa por irse a ninguna parte. Modivas no pide que te quedes. Te deja pasar, guarda para sí el compás de las estaciones, y si un día vuelves, igual dice: «Ya te vi por aquí antes, ¿no?»