Artículo completo sobre Vilar de Pinheiro: donde la malha resuena entre pinos
Entre el Ave y el Atlántico, un pueblo de granito, viñedos verdes y fiestas marinera
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El sonido llega primero: el crujido de las concertinas en la plaza de tierra batida, donde los hombres de boina lanzan discos de hierro al pino de madera. El juego de la malha sobrevive como los pinos bravos que dieron nombre al lugar —Villa Pinorum— y cuyas copas aún filtran la luz del atardecer sobre los muros de granito y pizarra. Vilar de Pinheiro respira despacio, al ritmo de quien sabe que el Camino de la Costa pasa por aquí, pero no se apresura.
Entre el Ave y el Atlántico
La parroquia se extiende a 55 metros de altitud, territorio anfibio entre el estuario del río Ave y las dunas del Parque Natural del Litoral Norte. Son 378 hectáreas donde pinares se alternan con viñedos enforcados —la variedad de los vinos verdes de la subregión del Ave— y donde el agua dulce se mezcla con la salobre en zonas húmedas llenas de gaviotas, garzas reales y patos. En los días de niebla, el eucaliptal despide un aroma resinoso que se funde con la sal del Atlántico. En los días de sol, el granito de las eras se calienta hasta escaldar.
La iglesia parroquial se alza desde el siglo XVI, declarada Monumento Nacional, con portal manuelino y cruceiro de granito tallado. La capilla de Nuestra Señora da Guia, Bien de Interés Público, guarda azulejos que narran la protección de la Virgen a los navegantes —un tema que cobra vida en julio, cuando la procesión marítima del Señor de los Navegantes baja el Ave con barcos engalanados, mientras en la orilla estallan los cohetes.
La ruta de los peregrinos y el pulso de las fiestas
El Camino de la Costa entra en Vilar de Pinheiro desde el norte, serpenteando entre muros de piedra suelta y portones de madera cuarteados. Son ocho kilómetros hasta Vila do Conde, recorrido salpicado de cruceiros de granito y fuentes donde el agua corre fría incluso en agosto. Quien camina en mayo se cruza con la Fiesta de Nuestra Señora da Guia. En junio, las hogueras de San Juan iluminan las plazas y el humo de las sardinas sube por el aire quieto. Octubre trae la romería a São Bento de Vairão, con conjuntos folclóricos interpretando viras y chulas.
Sabores de horno y de lagar
En los hornos de leña aún se asa el cabrito con romero y ajo, servido con patata arrugada y arroz de menudillos. Los rojões à minhota llegan a la mesa humeantes, el coloráu tiñendo de rojo la grasa que rezuma sobre las rebanadas de broa de millo. El arroz de sarrabulho, espeso y oscuro, pide un vino verde de la Quinta da Paradela, ligeramente efervescente. En días de fiesta, las mesas se llenan de papos de ángeles y tocino del cielo. Al final de la comida, la aguardiente de vino verde añeja arde en la garganta.
El arte del pino y la memoria del agua
Los antiguos molinos hidráulicos del Ave han parado sus muelas, pero las estructuras de granito permanecen entre zarzas y helechos. Hoy, la madera de pino bravo alimenta talleres donde se labran cucharas, tablas de cortar y pequeñas esculturas de santos. En las eras, los discos de hierro del juego de la malha rebotan en la tierra batida con un sonido metálico que resuena hasta los balcones donde el maíz se seca colgado.
2.562 personas que conocen a sus vecinos de nombre, que paran en la puerta de la tienda, que levantan la mano al cruzarse en la carretera. Cuando la campana de la parroquia toca al mediodía, el sonido se propaga sobre los viñedos hasta perderse en el murmullo lejano del Ave.