Artículo completo sobre Crestuma: entre la niebla y la fábrica
Ruinas, río y sardinas congeladas en un pueblo de Vila Nova de Gaia que ya no repica
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La campana que ya no toca
La campana del campanario sube la ladera amortiguada por la niebla. Nunca he oído el castillo, solo el viento entre los eucaliptos que han sustituido a los robles negros. El río Uíma no serpentea siempre: en agosto queda reducido a charcos donde los críos atrapan percas con las manos. Cuando baja crecido, se lleva las cañas y los kayaks de quienes creen en la bandera azul. La orilla es grava y latas, no arena.
El parque que huele a basura
El Parque Botánico del Castillo está ahí arriba, pero el olor a poso de café del antiguo vertedero aún rezuma después de la lluvia. No hay murallas: unos muretes de granito hacen de banco para los viejos que juegan a la sueca. Desde el mirador se ve la A41, la factoría de Volkswagen y el soto de siempre. El ratonero común es un cuervo; el Duero, una cinta de aluminio centelleante a la hora punta.
La iglesia matinal cierra los martes. El retablo dorado está desconchado desde 2009, cuando un robo partió el Santísimo en dos. En la Capilla de la Salud el polvo se acumula sobre el altar; la procesión de agosto terminó en 2017 por falta de camarones. Aún se celebra la fiesta de San Pedro, pero en el pabellón de la Junta, con verbena de crowdfunding y sardinas congeladas del Pingo Doce.
El sendero que desaparece
El Sendero de los Molinos empieza mal señalizado tras el cementerio. A mitad de camino, una máquina de Lipor lo corta: el molino del Medio es ahora un almacén de tractores. La playa fluvial tiene alquitrán hasta el agua; el muelle de madera se rompió en invierno y nadie lo ha reparado. Los peregrinos que bajan desde el Camino preguntan dónde está el bar de los “Petiscos do Uíma”; “debe de llevar cerrado tres años”, les responden en la gasolinera de Galp. La Vuelta a Portugal pasa, pero la gente solo ve la caravana de coches y el helicóptero.
Lo que se come hoy
La caldeirada de angulas se sirve los domingos en “El Cazo”, si Zé tiene angulas; si no, robalo de la ría. El pan de maíz viene de Avintes, ya cortado en rebanadas. La lamprea es congelada del Minipreço; el arroz se pega al fondo porque Isabel sabía el punto y se marchó a Suiza. Los bolinhos de São Gonçalo son los mismos que sobraron de la feria de otoño: revientan de azúcar granulado y nada más. En el mercado mensual, la miel de Júlio es de Lousã; él mismo lo dice, entre sorbos de café.
Cuando cae la noche, el muelle es solo rejas y candado. El viento trae el crujido del puente y, de vez en cuando, el rugido de un camión que sube con la furgoneta vacía. Las luces de las quintas son los LEDs de EDP que nadie apaga. El granito del castillo está frío, húmedo de rocío — y eso es todo.