Artículo completo sobre Sermonde
A 10 min de Gaia, un pueblo que se para a oír gallinas y reparte naranjas en la parada
Ocultar artículo Leer artículo completo
La campana de la iglesia —la de las ocho— se abre paso por encima de las chimeneas y no halla ningún valle que la acoja. Se extiende, en cambio, por el ondulado suave del altiplano, se amortigua al rozar los nísperos del patio del Seixo, reverbera de puerta en puerta. Son 104 metros de altitud que no impresionan a nadie, pero bastan para que el aire, allá arriba, huela a tierra recién removida y, en días de levante, traiga un punto de sal que llega del mar a ocho kilómetros. Estamos a diez minutos en coche del centro de Gaia, y, sin embargo, el reloj del campanario se retrasa siempre dos palmos: lo justo para oír el cacareo de las gallinas cuando el de la estación de São João ya silba la hora laboral.
Un tejido de gente próxima
Sermonde cabe en un pañuelo de 165 hectáreas y aún sobra sitio para las coles. Seis mil y pico vecinos parecen muchos, pero son de los que se paran en la ventana, comentan el tiempo y preguntan por la madre que está en el hospital de Oliveira de Azeméis. La calle Direita —que no es tan recta— se ve obligada a estrecharse donde el coche del Leitão hace la curva de tres tiempos para entrar en el garaje. Hay 828 niños, eso es cierto, pero es más fácil cruzarse con doña Aurélia, 87 años, que baja a las ocho y media a comprar el pan de quince céntimos y deja la conversación por el camino. El autocar 9021 es el único que une con el puente, así que las siete y veinticinco saben a gasóleo y a despedida: «Mañana te traigo las naranjas del huerto».
El alojamiento local existe, claro: es la casa azul junto al campo de fútbol, pero quien se hospeda allí acaba recogiendo la ropa del tendedero cuando empieza a llover, como si aquí se heredara el deber de cuidar del lugar.
Tres fiestas, tres maneras de pertenecer
Nossa Senhora da Saúde, segunda quincena de septiembre. Apenas se guardan las botifarras blancas, los hombres montan el arco de la capilla junto a la iglesia y las mujeres enroscan el cable de bombillas que temblará sobre la procesión. Dentro, la cera se derrama en gotas que huelen a fiambrera de colegio. Cuando el cortejo baja por la Rua do Calvário, el cura para el tráfico con la mano abierta como quien sujeta una paloma. Al final reparten bôlas de masa negra todavía calientes; nadie lleva más de dos, es norma.
San Pedro, finales de junio. El verano huele a sardina que se te engancha en el pelo durante días. Bajo los toldos de la Asociación, el tinto corre de garrafón y el bailoteo solo para cuando el disco de Quim Barreiros se raya. A medianoche los chicos tiran a las llamas las cintas que traían prendidas en la gorra: promesa cumplida, ojo seco.
San Gonçalo y San Cristóvão, tercer domingo de mayo. La banda de música ensaya desde abril en el Cine-Teatro, así que la corneta ya casca antes de las nueve de la misa. Se lleva el paso por la EN532, se paran dos minutos frente al café Primavera para que el personal levante el vaso. Quien va a Santiago agita el palo de la mochila y saluda: sabe que, aquí, el santo de los viajantes le guarda sitio en la mesa.
El cruce de los peregrinos
El Camino Central sube por la Rua da Igreja, pasa por la pastelería y se ve obligado a rodear al perro Piloto que duerme en mitad de la acera. El de la Costa entra más abajo, junto al cementerio, donde la señora del Minipreço deja botellas de agua en el pilar de la fuente. Ambos se encuentran en el Cruzeiro de São Gonçalo: piedra de 1742, cruz desconchada, pero aún se ven las huellas de cera de quien cumple promesa. Quien llega a pie nota cómo cambia el firme: losas sueltas que crujen tras la Escuela EB1, asfalto remendado junto a la pista de tenis —y comprende que, en realidad, ha ascendido cien metros sin molestar las rodillas. No lleva postal, lleva la boca seca de quien se topa con el olor a café molido que baja de la tostadería del Sequeira.
El altiplano entre la ciudad y el campo
No hay mirador con banderolas, pero basta alzar la vista en el atrio: al este, la Serra de Santa Justa se recorta como papel de silueta; al oeste, el cielo se abre como quien empuja la puerta del granero. La naturaleza viene en filetes: surcos de agua que corren bajo las huertas, higueras que nadie poda pero que dan un dulce morado que resbala por la barba, olivos plantados por el abuelo que aún hoy producen aceite para media calle. En abril, el aire se pone dulce de azahar; en octubre, huele a castaña que revienta en la salamandra.
El peso ligero de un lugar que no necesita escenario
Sermonde no pide likes. Solo quiere que se cierre la verja sin dejarla golpear, que se cumpla el turno de barrer la calle el lunes, que se guarde un trozo de pan para el gato del vecino. El espectáculo es lo que se repite: el café A Toca abre a las siete, el 9021 pasa a las siete y veinticinco, la campana da las ocho y, a las ocho y uno, doña Aurélia ya ha bajado su rampa de escalones. No hay entrada, ni oficina de turismo. Hay, sí, la certeza de que mañana el mismo silencio volverá a caber entre dos badajadas —y eso, para quien aquí se queda, basta y sobra.