Artículo completo sobre Martinchel: oro líquido entre olivos y pizarra
Aromas de aceite centenario, pozos naturales y casas de tapial en Abrantes
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El aroma del aceite caliente sobre pan esponjoso se extiende por el lagar comunitario de Martinchel, donde el eje de corcho —el mismo desde 1792— cruje al ritmo de un tiempo que parece venir de otro siglo. Fuera, los olivares en bancales de pizarra subuen la ladera hasta la sierra de Martinchel, y la luz de la mañana arranca reflejos dorados a las hojas plateadas de las oliveiras-galegas. Aquí, entre Abrantes y el Tajo, 488 vecinos mantienen viva una costumbre milenaria: prensar la aceituna, llenar tinajas, guardar el año en un frasco de cristal.
El pueblo que levantó el aceite
Martinchel debe su nombre a un tal Martim, propietario de tierras en la época visigoda, pero es el aceite el que le dio fama. La parroquia se estableció oficialmente en 1537, cuando la iglesia matriz de São João Baptista se adornó con trazas manuelinas y un retablo barroco. Las rentas del oro líquido ayudaron a reconstruir el pueblo tras los saqueos de 1807, y hoy el Aceite DOP Azeites do Ribatejo —de variedad galega y cobrançosa— sigue prensándose en lagares tradicionales. En el Valle de Figueira, 47 olivos centenarios plantados en 1887 aún dan fruto; sus troncos retorcidos, anchos como columnas de piedra.
El puente medieval sobre la Ribeira de Martinchel, reedificado tras el terremoto de 1755, conduce al molino de agua rehabilitado y a las casas de tapial y pizarra que salpican el paisaje. El padre Joaquim de Sousa Ferreira, párroco durante 42 años, dejó escuela y cementerio; Manuel “O Azeiteiro” Lopes, fallecido en 1987, dejó técnica y memoria —hay una estatua suya en el pueblo, homenaje al hombre que mantuvo vivo el lagar de eje de madera cuando ya nadie creía en él.
Agua, piedra y cantares a voz limpia
La playa fluvial de Martinchel —la única del municipio de Abrantes con bandera azul— abre en verano con socorro y bar flotante. Los pozos naturales del arroyo, temporales, se llenan en abril y mayo, y en el silencio de la tarde solo se oye el murmullo del agua y el canto del mirlo negro entre los madroños del manantial protegido. El sendero PR 2 “Ruta del Aceite” recorre seis kilómetros entre aceñas, olivar centenario y el mirador del Frade, desde donde se divisa el Tajo al sur y la sierra cuarcita cubierta de esteva al norte.
Durante la recolección de la aceituna, entre octubre y noviembre, aún suenan cantares a voz limpia entre los olivos —práctica viva entre los olivareros que trabajan la tierra a la par. La víspera de San Juan se encienden hogueras en la explanada de la iglesia, se reparte caldeirada de pescado y, antaño, se celebraba “el entierro del bacalao”: un bacalao seco llevado en procesión satírica que “resucitaba” para ser compartido. La romería de Nuestra Señora de la Concepción, el domingo siguiente al 8 de diciembre, trae misa campestre, procesión y verbena con música popular.
Chanfana, broas y fado ribatejano
La cocina de Martinchel se sostiene sobre el aceite DOP, el cordero y el cabrito. La chanfana cuece en cazuela de barro y se sirve con pan de pizarra; la sopa de tomate lleva huevo escalfado y menta fresca; los bolinhos de aceite y canela —“sonhos de Abrantes”— acompañan el café en la tasca Adega do Lagar, donde António “Tonel” Silva, luthier de cavaquinhos nacido en el pueblo, toca fado ribatejano el último sábado de cada mes. El queso de oveja cura en hoja de higuera, y el dulce de cidra con almendra cierra las comidas junto al vino blanco Fernão Pires de la región del Tajo.
En la Casa do Povo se puede concertar visita al lagar comunitario, probar aceite caliente sobre pan esponjoso y participar en las lagaradas de otoño. La densidad de 28,59 habitantes por kilómetro cuadrado se traduce en silencio: el eco de los pasos en la calzada, el crujido del eje de madera, el olor a tierra mojada tras la primera lluvia de septiembre. Cuando la luz rasante del atardecer ilumina los bancales de pizarra, el aceite brilla en las tinajas abiertas como pequeños espejos dorados —y se entiende por qué llaman a Martinchel “Aldea del Oro Líquido”.