Artículo completo sobre Alcanena: caliza, río y memoria del Celbi
Antiguas canteras, olivares y el murmullo del Alviela en la unión con Vila Moreira
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La luz de la tarde entra oblicua por las ventanas de la antigua fábrica del Complejo Industrial del Casal dos Pretos, dibujando rectángulos de polvo dorado sobre el suelo de cemento. Alcanena respira al ritmo de lo que fue: la memoria de la industria papelera aún flota en las conversas del Café Central, en la terraza donde se habla del tiempo en que el «Celbi» daba trabajo a 1.200 personas (1963-2001). Pero es la caliza la que marca la anatomía de este territorio: extraída desde 1926 en la cantera del Carrascal, cortada en las sierras del Olho do Bode, pulida en las fábricas de Mota & Companhía. Las canteras surcan el paisaje como anfiteatros invertidos; la mayor alcanza 40 m de profundidad y 12 ha de superficie, cicatrices geométricas que atrapan la luz de forma extraña, casi lunar.
Entre el río y la piedra
El río Alviela discurre discreto, pero él explica la presencia humana milenaria en esta comarca. Su agua movió molinos como el del Carrascal (documentado en 1336), regó los campos de secano donde se sembraba trigo hasta los años 70 y alimentó las fábricas que convirtieron Alcanena en núcleo industrial. Hoy, las orillas del Alviela son lugar de paseo silencioso en la «Ruta del Alviela» (5,3 km), donde el murmullo de la corriente se mezcla con el canto agudo de los mirlos. La unión administrativa con Vila Moreira, formalizada el 28 de enero de 2013, agrupó dos parroquias que siempre compartieron la misma cuenca hidrográfica: el Alviela solo las separa en la parroquia de Minde; aquí son vecinas de patio trasero.
Los 4.854 habitantes se reparten en 15,84 km², una densidad de 306 hab/km² que se palpa en las calles del centro: la Rua Dr. Joaquim Tomé Ribeiro tiene las casas pegadas unas a otras, del número 47 al 73 en un tramo de 50 metros. Pero basta subir hasta los 95 m de altitud media para que el paisaje se abra: 180 ha de olivares que producen 450 t de aceite anual con DOP Ribatejo, huertos de Pêra Rocha donde 25 agricultores logran 800 t al año y, al fondo, siempre, el recorte irregular de las canteras: ocho activas en el municipio, tres en la parroquia.
El peso demográfico del tiempo
De los 4.854 residentes (Censo 2021), 1.221 tienen más de 65 años (25,1 %), frente a 639 menores de 14 (13,2 %). Esta proporción se traduce en el Jardín 1.º de Maio: el banco junto al quiosco se llena a las 9.15 con la partida de dominó del Sr. António, 78 años, ex-chapista de la Sotér, que trae las fichas de madera desde 1997. Las familias más jóvenes se concentran en el Barrio Social de la Cruz da Pedra (96 viviendas construidas 2008-2010), donde los bloques de cuatro plantas sustituyeron a las casas bajas con huerto. Los fines de semana, los abuelos llevan a los nietos a la plaza Toumas Pinto: el tobogán de metal se calienta al sol y los niños gritan en portugués salpicado de «selfie» y «youtube», palabras que aprendieron en la tablet de la escuela básica D. Dinis (298 alumnos, curso 2023/24).
Comer la tierra
La gastronomía aquí no se inventa; se hereda. En el restaurante «O Popular», la sopa de alubias con col mantiene la receta de doña Alicia (fallecida 2018): 500 g de alubias mantequilla, col gallega del huerto, laurel del pie de la puerta. El bacalao asado con patatas aplastadas sale del horno de leña de «O Mengo», donde el Sr. Luís (tercera generación) usa la misma encina que su abuelo compraba al Sr. Faustino, leñador del Olho do Bode. El aceite es del lagar del Casal dos Pretos: seis prensas de piedra aún funcionan, estrujan 20 t diarias en la campaña de noviembre. La Pêra Rocha aparece cruda de postre en el «Café Central», donde doña Lourdes la sirve en almíbar con canela: 3 peras medianas, 200 g de azúcar, 1 rama de canela de la abuela Felismina.
Dónde dormir, cómo estar
Solo hay un alojamiento registrado oficialmente: el «Hotel Alcanena», 22 habitaciones, inaugurado en 1991 y reformado en 2019. Esa escasez no es carencia: es síntoma de un lugar que recibe 1.400 visitantes al año pero no se prepara para el turismo de paso. La hospitalidad se mide en gestos concretos: en la ultramarinos «O Cantinho», doña Alda indica «gire a la izquierda después del cruce de Correos, es la tercera puerta con portalón azul»; en el café «O 2000», el Sr. Manuel cuenta cómo era la procesión de Nuestra Señora de la Concepción en 1965 «cuando llovió tanto que el cura tuvo que subir al altar empapado»; en la panadería «O Pão Quente», la vecina de doña Emília trae la pan de molde a las 7.30 porque sabe que los nietos vienen de fin de semana.